El espanto de Bucarest - El financiero que ayuda a los pobres - Capítulos 8 y 9

Ante el éxito que hemos tenido con los relatos del escritor Valentino, la dirección del equipo de  CNI ha acordado celebrar un contrato para la publicación por entregas semanales de una de sus novelas de ciencia ficción, "El espanto de Bucarest", que se ha convertido en uno de los productos más frescos y originales de la literatura de ciencia ficción latinoamericana. En estos capítulos entra en escena el financiero "filantrópico", un judío rumano ambicioso surgido de los más oscuros bucarestinos...
El espanto de Bucarest - El financiero que ayuda a los pobres - Capítulos 8 y 9
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La Mafia Roja

8

El financiero que ayuda a los pobres

«¿Qué es lo bueno? Todo lo que eleva en el hombre el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo. ¿Qué es lo malo? Todo lo que proviene de la debilidad.»,

Federico Nietzsche, El Anticristo

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–Llega tarde, doctor –le reconvino la mujer pelirroja–; el señor Stefan y los demás gerentes han tenido que empezar la reunión dejándolo a usted a un lado.

–Lo siento –dijo Zamfir, grave–, pero tuve asuntos importantes que atender.

–¿Va a pasar?

–Claro, claro; anúncieme antes con el hombre grande.

La asistente personal se levantó de la silla de recepción y entró a la sala de conferencias. «Pase», le dijo, escueta.

Zamfir tomó el picaporte y lo haló.

–¡Ah –dijo Stefan al verlo–, llega usted sin tiempo, doctor! Pero siéntese, siéntese, que todavía falta algo que discutir. Así señores…

Se dice que hoy en día las corporaciones financieras son las que dominan al mundo, y Stefan David, típico hombre de negocios, pulcro y acelerado, de los que nunca se despegan el celular de la oreja, era uno de sus emperadores. Dirigía una corporación financiera de inversiones y receptora de dividendos, Securities Investments Corporation, lo que en el argot de los corredores de bolsa llaman un holding, pero que en buen español viene a ser del tipo de compañías que reciben las utilidades de empresas afiliadas para invertirlos en la creación o apalancamiento (por medio de la compra o cesión de acciones) de nuevos negocios. ¿Por qué existían este tipo de mega corporaciones? Porque las operaciones son acaparadoras y redondas, ya que si el negocio recién creado o apalancado llegara a generar utilidades, éstas vuelven al holding, y son repartidas entre todas las participantes del mismo, pero con un miembro nuevo a la par, y diversificado, por añadidura. Así, en cuestión de años y utilizando el mismo dinero circulante, se habrán adquirido un sinfín de nuevas empresas, erigiéndose así como un monopolio gigantesco. General Electric en Estados Unidos y Elektra en México, para dar ejemplos conocidos, pueden dar fe de la honradez de mis palabras. Lo que cuenta al principio para el buen funcionamiento del ente, es tener una banca grande, como diría el dueño de un casino, capaz de soportar la caída repentina de alguno de sus miembros; por tanto, es imprescindible contar con un afiliado sólido y productivo que haga ingresar fondos frescos en grandes proporciones, ya para invertir o ya para pagar las ganancias de sus afiliados al final del ejercicio económico, afiliados, por otra parte, siempre ávidos de dinero que, ¡he ahí la ironía de tanto esfuerzo creativo financiero!, como gusta de quejarse el señor Stefan, sus gerentes aprovechan en gastarlo para sí mismos adquiriendo partidas de activos sobrevalorados que compran al amigo del club de la esquina.

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Seicorp, siglas del holding, al contrario, estaba compuesto por esa clase de negocios que en las clases de administración general acostumbran a clasificar como mediana empresa: la mayoría eran farmacias y droguerías. Stefan, que antes del colapso del ‘89 había vivido oscuramente en los suburbios de Bucarest, las había creado todas, extendiéndolas tres años después por todo el país. Era judío, y el genio empresarial y financiero detrás de este monopolio ahora sin límites en Rumania, además de su presidente ejecutivo. Era evidente que no solamente era una bestia de carga incansable, sino que era inteligente, y mucho, tanto que su carácter afable, dicharachero, siempre sonriente, en apariencias, conocedor del suelo que pisa, había seducido a las masas pobres, que lo convirtieron en un político de éxito, en deputatilor, el Hammurabi rumano, como lo halagó un día el presidente del Consejo Legislativo, promulgador de leyes acorde con la realidad económica del país. Y esto había sido en verdad una hazaña, pues antes de la llegada de Stefan al escenario político, el PRMU, Partido de la Gran Rumania Unida, el partido que lo hizo diputado, era conocido por su posición antisemita y extremista. Pero hubo cambios. El entonces líder de partido, Tudescu, había sido acusado de ser leal al régimen de Ceaucescu y de haber confeccionado una "lista nacional de la traición", en la que reservó un lugar para casi todas las figuras políticas y culturales notables, principalmente las de origen judío. Stefan, como buen empresario y apoyándose en esta coyuntura, hizo un arreglo por salvar la imagen de Tudescu, que luego apareció como «arrepentido y compungido» ante la opinión pública, presentándolo a él a manera de prueba viviente de su conversión. Jugada intrépida. «Sentido común», se decía Stefan. Hombre hecho a sí mismo, con una espalda triangular en la que se apoyaba una cabeza noble, embellecida por una mandíbula saliente, no podía menos que creer que el mundo era una gran autopista de carreras donde él estaba destinado a llegar primero a la meta. Frialdad de mente, inflexibilidad de ánimo y sentido de urgencia se combinaban en una extraordinaria simbiosis de ferocidad de alma e intranquilidad de espíritu. A la par de estas virtudes dignas de un santo o de un guerrero, afloraba, sorprendentemente, un gran defecto que adquirió al saborear las mieles de la riqueza: era el más grande manirroto de Europa. Quizá éste último apareciera el día en que, tras años de arduo trabajo, vio por primera vez su cara en las aguas límpidas del lago Colentina: supo que envejecía. Era su pena secreta, y sufría en silencio por esta desgracia, que nunca creyó que lo alcanzaría. Se imbuyó entonces por conseguir un medio para rejuvenecer, pero todos los hombres de ciencia lo habían desalentado con sus teorías, excepto Zamfir, que logró crear una droga que le retardó la vejez, y que, gracias a su instinto financiero, comercializaría con éxito. Rejuvenecido, decidió gozar de la vida, pero no como cuando lo había hecho en su juventud, cuando cualquier nadería le alegraba el corazón, sino de una forma ciertamente extravagante: le gustaba ver cómo otros disfrutaban de sus dádivas. Algunos decían que era filantropía, otros, perversión. Los envidiosos aseguraban que lo hacía para olvidarse de la muerte, para olvidarse de que igual tendría que morir como los otros hombres o como cualquier otro perro, ¡ay, qué injusta es la Naturaleza con sus mejores especímenes!, y lo reflejaba en su rostro, confundiendo por momentos a la gente. Los más egoístas decían que lo de Stefan era rapacidad.

Al recibir a Zamfir, se encontraba afectado por una jaqueca, sin duda ocasionada la noche anterior por el exceso de alegría gozado en la fiesta ofrecida por Marko Belinca, amigo suyo, y uno de sus socios minoritarios. Aun de mal humor, había partido a la oficina y convocado la rutinaria sesión mensual de gerentes. Sentado en su silla ejecutiva, había abierto el Consejo:

–¿Cómo van las ventas en Baia Mare? –preguntó al del distrito de Maramures.

Stefan era imponente, y siempre, aunque sin quererlo, opacaba el ánimo de sus subalternos.

–La capital de este judet ha sido siempre uno de los mejores mercados para Seicorp, señor David –le contestó, tratando de hacer cuentas en el aire, retardando la respuesta.

–Eso ya lo sé –le dijo Stefan, molesto por la obviedad–. Lo que necesito saber es cuánto han aumentado.

El hombre se cohibió, reprimido por el seco tono de voz.

–Bueno… En un quince por ciento, señor.

Stefan apoyó los codos sobre la mesa.

–¿A qué se debe el aumento?

–Eh, bueno… Verá… Ha habido varios factores…

–Sea especifico, por favor, Copos. Rápido, hable.

Copos calló, agitado, la cara encarnada. Los demás gerentes empezaron a hojear a conciencia sus informes.

–¡Ah, con que se ha dejado venir desde Baia Mare sin estudiar el libreto! –exclamó Stefan, sardónico, hinchado los ojos–. Coja el Estado de Resultados, vea el renglón de ingresos y remítase al pie de página, Copos.

Copos obedeció.

–¿Qué dice ahí? –le preguntó, recorriendo con la mirada a los otros.

–Eh…

–¡Por Dios, Copos! No lee usted que dice “que el aumento del mes en comparación al año anterior se debe a la introducción del producto hormonal llamado «Youngever»”.

«Youngever» era una droga sintética, creada por Zamfir, como hemos dicho, y que Stefan había logrado legalizar gracias a su poderío político, ofreciéndola al público como un regenerador celular que utilizaba los avances de la ciencia genética. Manipulaba este compuesto la molécula «Resveratrol», encontrada en forma natural en el vino, que activaba a su vez al gen controlador y maestro del ADN encargado de alertar a las células su momento de regeneración, –, además de aumentar las sinapsis neuronales y lograr con ello una mayor velocidad del pensamiento y revitalización del cerebro. Desde su aparición en el mercado, a finales de año pasado, las ventas habían sobrepasado todas las expectativas, medicándose para el uso terapéutico, desde el tratamiento de la diabetes, Alzheimer, hasta el rejuvenecimiento. Prometía, en dos palabras, alargar y mejorar la calidad de vida.

–Sí, señor Stefan David –le respondió Copos–. Además, en un efecto curioso, los clientes que vienen por él también compran otros productos.

–Al fin dijo usted algo bueno de escuchar…

Stefan rió, y los demás, al verlo, echaron a reír también. Encendió un cigarrillo, echó para atrás la silla y cruzó las piernas. Sus gerentes se pusieron en alerta; sabían que pronto empezaría por pasar el cepillo.

Y Stefan lo pasó.

Luego sonó el teléfono. Lo contestó.

–¿Sabe que el profesor Rahova ha muerto? –le dijo la voz, susurrante, por la línea.

–¿Quién habla?

–Partido por la mitad, desgarrado, una muerte dolorosa…

Stefan cambió de color. Sus ojos verdes parpadearon.

–Dígame quién es usted, sino le cuelgo el teléfono.

–Stefan… Stefan… ¿Ya no reconoces mi voz?

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Le colgó el teléfono, y puso la mirada fija hacia el otro lado de la mesa ovalada. Estaban todos a la espera de que dijera algo, pero entonces Stefan habló:

–Bueno –dijo casi en un epílogo–, voy a incentivarlos. Como necesito buenos resultados para el mes que viene, el que rebase las estimaciones de utilidad –que no de ventas, ¿eh? – será premiado con un viaje en yate al Mar Negro.

Se vieron las caras unos a los otros, sorprendidos, pero no queriendo incomodar al jefe, se pusieron a celebrar sus palabras.

–Y hablo en serio –dijo.

Enseguida se dirigió a Copos.

–En cuanto a usted –le dijo–, no crea que me tiene contento.

Copos se estremeció.

–Así que voy inyectarle capital a su farmacia, ¿me oyó?

–Sí, sí. –Apenas podía articular por los nervios.

–Necesito incrementar los márgenes de utilidad en Baia Mare, así que invierta ese dinero aumentando el volumen de ventas, bien con la compra de inventarios renovados…

–Yo pienso que…

–¿Piensa usted algo inteligente? –le espetó Stefan, molesto por la interrupción; sin embargo, era la llamada recibida lo que lo fastidiaba.

Copos sacó el pañuelo, y se enjuagó la frente.

–Yo pienso que con incrementar los inventarios las ventas no subirán.

–¿Qué dice, Copos?

–Digo que cómo piensa usted que yo pueda venderlos… Vea, vea las estadísticas, señor David, las ventas están al límite en este distrito. Sólo lograríamos inflar los inventarios sin necesidad.

–Mire, Copos, aquí el único que piensa soy yo, ¿entiende?

Copos bajó la cabeza.

–El mercado está abarrotado, además la competencia extranjera, la interna…

Stefan se rascó la frente.

–Déjeme terminar, Copos –dijo–. Lo que le pedí fue que dinamizara el comercio, ¿ahora me entiende? Voy a hacerle la transferencia de todos modos. Si dice que no puede, pues entonces no se puede. Pero yo digo que sí. Publicite más, haga obras sociales, repare asilos, maternales, escuelas, ¡lo que sea! Ayude a la gente pobre, que más adelante nos ayudarán… Lo que se le ocurra.

Copos retrocedió, atónito. Esperaba otra reprimenda, pero a cambio recibía de Stefan una respuesta fuera de cualquier protocolo comercial. ¿Se habrá desquiciado el señor Stefan después de aquella llamada? No, no. Esta vez le tocó a él. Ya era tiempo que la otra faceta de David se le revelara, ya era hora de que la filantropía de Stefan lo alcanzara a él.

–Gracias, señor David –le dijo–. Tiene usted un corazón muy noble.

Entonces había entrado Zamfir por la puerta.

–Así señores –dijo Stefan levantándose de la silla, dando por terminado el Consejo y recibiendo al doctor–, es todo por este mes. Salgan allá afuera ¡y tráiganme resultados que merezcan la pena de ser vistos para el siguiente! Copos, contáctese con Mircea para tramitar la transferencia. ¡Y recuerden: hay un viaje en yate al Mar Negro, en primera clase y con los gastos pagados! ¡Buenos días y hasta la próxima!

Los reunidos abandonaron la sala. Stefan se volvió hacia Zamfir.

–Razvan me trae por un fregadero –dijo–; está molesto porque sigo arriba en las encuestas de opinión popular. Ha jurado que hará lo imposible por verme desgraciado.

Zamfir no pronunció palabra.

–Ha dicho el idiota que se las desquitará conmigo sacando del mercado al «Youngever».

–¿Pero cómo? –se atrevió a preguntar Zamfir.

–Pues sencillo: se ha ido al Ministerio de Sanidad y ha dado con unos reportes estadísticos de laboratorio que nada bueno auguran para el futuro del producto.

–¡Cómo!¿En qué se basa Razvan?

–En los efectos secundarios: comportamiento agresivo, estados periódicos maniaco-depresivos, psicosis, y toda una laya de tonterías.

–¡Pues dígale al señor Razvan que me presente esos resultados a mí, que yo se los rebatiré punto por punto!

–Confío en usted, doctor; mas no en Razvan, un viejo lleno de ardides.

Y se dejó caer en la silla, estirando los brazos.

Se escuchó el toc toc resonar en la puerta: era su asistente de gerencia, Valeria.

–Señor Stefan –le dijo–, aquí están las revistas y los periódicos.

Los tomó. Zamfir estaba como abatido, alargado el rostro, lo que afligió a Valeria.

–¿Puedo traerles una taza de café? –les dijo, dirigiéndose a Zamfir, mientras Stefan abría el periódico.

–¿Alguna noticia importante? –le preguntó a Valeria; dependiendo de su respuesta los leería; luego, tras un escalofrío y acordándose de la llamada, la indagó.

–¿Sabe, Valeria, quién me llamó hace unos veinte minutos?

–Eh… ¿Hace veinte minutos?

–Sí, sí. Veinte minutos.

Valeria había estado arreglándose las uñas y transferido la llamada automáticamente.

–Creo que fue un señor llamado Aurel… o Gabriel… ¡No recuerdo! –acabó exclamando con voz chillona y riendo de la vergüenza.

–No sería acaso ¿Aurelian?

–Sí, ¡Aurelian!, así lo dijo el hombre.

Stefan empalideció.

–Con su permiso, señor Stefan –dijo Valeria–. Voy a atender a la gente que espera en la recepción.

–Está bien –le dijo, pensativo y tenso.

De pronto se sobresaltó. El teléfono volvió a sonar. Temblorosas las manos, lo cogió. Zamfir no le despegaba la vista.

–Aló.

–Señor Stefan –dijo Valeria por la línea–. Tiene llamada. ¿Se la pasó?

–¿De parte de quién?

–Permítame. –Segundos después. –Es el señor Aurelian.

La piel se le puso de gallina.

–Pásala.

Entonces escuchó la voz susurrándole al oído:

–Voy a matarte, Stefan David, voy a matarte. Mi venganza será plena.

–¿Quién es el imbécil que se atreve…?

–Lee las noticias del periódico, Stefan y date cuenta de tu destino –y colgó el teléfono.

Stefan cogió uno de los periódicos y ante sus ojos una escena burda y cruel aparecía en primera plana: la fotografía de dos hombres asesinados, uno encima del otro, tirados en plena calle. Sintió tremendas ganas de vomitar.

–¿Le pasa algo? –preguntó Zamfir, preocupado por el semblante de su patrón.

–No, no, nada, nada; la jaqueca, la jaqueca… Debo salir en este momento, doctor; dispénseme. Hablaremos luego. ¡Ah! Y avíseme a qué horas empieza el funeral de Emile.

Se encajó su largo capote y salió de la oficina.

9

La Mafia Roja, el «Estigia»

«Decíame mi padre: “Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica sino liberal.” Y de allí a un rato, habiendo suspirado, decía de manos: “Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas que los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto? Porque no querrían que donde están hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros.»,

Francisco de Quevedo, Historia del Buscón de Sevilla

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Atrás de los portones de la gran bodega, se estacionaron sendos furgones. «Entra tú, tú y tú», dijo el capataz. El bufido de los escapes y el balanceo brusco de los cabezales, que arrancaron en dirección al centro del almacén, ralentizaron el frío de los callejones. En el fondo y en una esquina, estaba plantada una oficinita y, dentro, tres personajes, uno de ellos velado por un biombo no mayor de seis pies de alto. Tenía el rostro cubierto por una máscara blanca. Salió del bombo y se interpuso entre los dos restantes.

–Es lo que ha dicho el pobre hombre –dijo uno de ellos.

–¡Pendejadas! –gritó el otro–. ¿Quién puede creer una historia como ésa?

–Yo sé que está loco, que le falta un tornillo, pero es más necio que un burro.

–Si él, un científico, asegura que fue atacado por ese tipo de entidades extrañas –replicó el Estigia con voz susurrante y metálica– es porque hay algo de verdad en el asunto.

El hombre incorpóreo, así llamaban al líder de la Mafia Roja, la cruenta y temible máquina de horrores del crimen organizado rumana. A diferencia de la Cosa Nostra siciliana, cuyo cuerpo estaba integrado por familias, la Mafia Roja era como una arteria humana, delgada y disuelta en ramificaciones. No había en ella una familia que la comandará sino jefes, lores, hombres sangrientos que luchaban a muerte por mantener protegida –más que todo por fomentar una alta productividad– la inviolabilidad de sus territorios. Había nacido está mafia en la Rusia de los años setentas, entre judíos y eslavos, quienes se vieron obligados a conseguir recursos, de manera clandestina y en medio de la tensión y el empobrecimiento de presupuestos gubernamentales que el Estado ruso había decidido en aquellos días a destinar más al armamentismo y la tecnología que al mejoramiento de la calidad de vida de la población, durante la Guerra Fría. En sus inicios habrían comenzado con la comercialización al menudeo de fármacos ilegales entre los atletas, luego, con el exceso de circulante monetario, dedicado a la compra de mercadería, la adquisición y producción de bienes inmuebles y, por último, con la inyección de capital al sector financiero y bancario. El proceso evolutivo les había tomado años y muchos crímenes, pero ahora, tras largas décadas de luchas internas, el poder político empezaba a concentrarse en unas pocas manos, y la de Estigia era una de ellas. La lucha entre dos titanes se libraba en Rumania desde antaño y ahora dos figuras importantes habían surgido de los suburbios: Dragos, hijo del Alexandru el Químico y el Estigia, el hombre incorpóreo.

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–El doctor Zamfir arguye que se trata de un caso de ansiedad extrema –dijo al Estigia el primero de sus capitanes de la mafia–, que todo se debe a las alucinaciones.

–Y se parece al caso del Mulo –agregó el segundo– donde los testigos afirman haber visto un ser con garras monstruosas matándolos de golpe.

–Cállate, Muma –lo reprendió el Estigia–. Deja hablar a Popescu.

–Yo no creo en seres sobrenaturales… –dijo éste.

–Me preocupa que este ataque haya tenido que ver con otro científico –lo interrumpió el Estigia–. Ya van seis muertes.

–¿Dragos? –preguntó Muma, adelantándose en teoría–. ¿Y quién es ese doctor Fraiser?

–Un amigo de Emile Cervini.

–¿Cervini? –inquirió el Estigia con asombro–. Ya veo… –Su aspecto era singular por el fulgor de la máscara, que brillaba en bajo la luz mortecina de la habitación. –Sí, Popescu –le dijo–, aquí hay una conexión con el caso de Rahova y Dinga.

»Ah, Dragos, Dragos, vas a pagarme cada una de tus afrentas… –acabó.

–Sigue dolido por la muerte de Alexandru, el Químico –añadió Muma–. No cesará hasta verte destruido. ¿Sería por esto que atacó a ese doctorcito en el hotel?

–Pues viéndolo bien –dijo Popescu–, yo creo que sí. A lo mejor cree que podríamos aprovecharnos de sus conocimientos.

–¿Y ya averiguaste, Popescu, por qué anda este señor en Rumania?

–¿El doctor Fraiser? –le contestó el otro–. Al parecer vino para despedir a Emile en el funeral.

–Entiendo –dijo el Estigia, encendiendo un cigarrillo; estelas de humo podían verse cruzar entre sus dedos–. Déjalo en paz –le ordenó–; no vale la pena.

–¿Y qué hay de Dragos? –preguntó Popescu–. La muerte del Mulo y Rahova son signos manifiestos de provocación. ¿Qué hacemos? Respondemos. Creerá que estamos debilitados si no lo hacemos. Si quiere –continuó–, podría proceder con la incautación de la mercancía que éste suele enviar al Báltico. A mí me resulta fácil hacerlo.

–Ya veremos –le respondió el Estigia–, ya veremos. Por ahora, cautela, Popescu, cautela –agregó–. A propósito, ¿qué hay de la presencia de los agentes americanos? ¿Sigue Baros sin resolver el caso de los científicos?

–Pues sí –añadió Popescu, carcajeándose–. Está recargada de trabajo, además de que me he hecho el desatendido. A propósito, quisiera pedirle un favor: ¿podríamos silenciar a Baros? Ya últimamente se adentra mucho en mis asuntos…

–Ya veremos –le contestó el Estigia–. Dime mejor, ¿qué has podido deducir de esos americanos?

–Que son unos afeminados, unos maricas sobahuevos.

–Ten cuidado –le dijo el Estigia– y no te confíes. Pueda que tengan cara de tontos pero pero, por experiencia, sé que son muy listos, calculadores.

Estas palabras se perdían en el gran movimiento de brazos dentro del almacén, donde la voz del capataz, mezclada entre gritos de hombres formados en hileras, urgía la carga de cilindros al interior de largos contenedores, pasándoselos el uno al otro hasta colocarlos en estribas.

–¡Más rápido, más rápido! –Era un hombre gordo y calvo que recorría a zancadas las filas, palmoteando las manos. –¡Hey, cabrón, el del rincón!, ¿qué diablos haces allí? –Se detuvo en medio de las hileras, dándose cachetadas en la cara, sorprendido de encontrar a un sujeto atisbando a tientas en la oscuridad. –¡Ven a trabajar, hijueputa! ¡Acaso los cilindros se suben solos!

–Señor –le respondió el otro desde la penumbra–, aquí hay un tipo dormido. ¿Sería usted tan amable de despertarlo para que nos ayude en el trabajo? –le espetó con sarcasmo.

Se acercó el capataz embravecido al lugar y husmeó alrededor de las estribas: efectivamente, había un hombre dormido. Se jaló los pelos de cólera y lo agarró a patadas.

–¡Ah, gran tunante!

Los golpes despertaron al tipo, que lanzaba miradas perdidas, ignorante de su mala suerte.

–¿Quieres probar las balas de mi AK47? –le gritó el capataz dándole en la cabeza con la cacha.

El hombre parecía no entender todavía.

–¡Toma! –Le dejó ir otro cachazo.

Pero el sujeto le atajó la mano y lo aventó contra la pared, matándolo. Pegó un grito de ardor y salió corriendo, arremetiendo a la muchedumbre, desmadejando la hileras, que no pestañeaban del asombro al contemplar tanta fuerza en un sólo individuo. El capataz seguía tendido en el suelo, con la cabeza rota y el arma clavada en la boca. La gente, una vez pasada la fascinación, corrió detrás del atacante, más por la curiosidad que por atraparlo, olvidándose del cuerpo del caporal. Uno de ellos entró a la oficinita y alertó al Estigia, que guardó un profundo silencio.

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–Un sujeto acaba de matar a Vadim –les gritó, asustado.

–¿Vadim muerto? –preguntó Muma, furioso.

Y salieron.

–¡Huyó corriendo! –les gritaron los acarreadores.

No lo pudieron atrapar; Muma ordenó a los hombres que volvieran a trabajar; regresaron a la oficina. No había dudas: Dragos les declaraba abiertamente la guerra.

–Mataron a Vadim –le dijo Muma al Estigia.

–¡Ah, Dragos! –exclamó el Estigia golpeando el biombo con su puño anillado.

–¡Vayamos por el sicario! –reclamó Popescu–. Podría darnos información.

–¡No! –volvió a exclamar el Estigia–. Déjalo, y deja que Dragos se haga más temerario, que se acerque un poco más, y entonces, ¡zas!, directo al corazón.

Se echaron a reír todos.

–Por cierto –le dijo Estigia–; necesito que vayas mañana al funeral de Emile; quiero que te concentres en la persona del ingeniero Hristov Tassus, Popescu.

–¿Hristov Tassus?

–Sí; el profesor de la universidad de Bucarest; guarda algo para mí. Así que encárgate de vigilarlo mañana.

–Está bien –contestó Popescu, intrigado.

Horas después arrancaron motores, y los furgones se perdieron en la bruma de la medianoche.

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