La agente Rosa brama de celos y el doctor Scott se enamora

El espanto de Bucarest - Capítulos 6 y 7- El amor flota en el aire

Ante el éxito que hemos tenido con los relatos del escritor Valentino, la dirección del equipo de  CNI ha acordado celebrar un contrato para la publicación por entregas semanales de una de sus novelas de ciencia ficción, "El espanto de Bucarest", que se ha convertido en uno de los productos más frescos y originales de la literatura de ciencia ficción latinoamericana. En este Sexto y Séptimo capítulos, el amor empieza a fluir entre las almas...

El espanto de Bucarest - Capítulos 6 y 7- El amor flota en el aire
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Monstruo de la noche

6

Cuando el despecho nos hace hablar

‒Más apuntes de Rosa Reingold hallados en el Manuscrito del doctor Scott‒

«Pero es precisamente el débil quien tiene que ser fuerte y saber marcharse cuando el fuerte es demasiado débil para ser capaz de hacerle daño al débil»,

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser

___

4 de febrero de 1992.

(Lagrimeando).

No sé si es inseguridad, no lo sé, ¡pero qué impotencia, Dios mío, qué impotencia! ¡Por qué tuve que haber nacido el día en que mi estrella estaba apagada! ¡Qué desgracia la mía! Vaya donde vaya, la desdicha se apodera de mi vida entera. ¡Tú también me discriminas, Destino malhayado, haciéndome sufrir terriblemente! ¡Ay, cómo extraño mi casa en el DF! ¡Quisiera perderme, huir, volver a ser una niña libre de preocupaciones! Y todo por ser gay. No es que le achaque todas mis desgracias a mi condición sexual, pero debo decir que ésta ha sido una gran desventaja para mis relaciones con los demás, con las cosas que más me importan, como el trabajo, lo social, el amor…

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Cometí un grandísimo error que no me perdonaré, y que Blue tampoco me perdonó luego de una larga discusión cuando volábamos desde América a Europa acerca de la exposición de mi homosexualidad. Yo le había dicho a Blue que la ocultaría a las autoridades rumanas (ahora veo que estúpidamente), queriendo no sufrir la experiencia que vivimos en México. Blue, con justa razón, se enfadó conmigo, ¡y sin embargo lo hice por él, para que tuviéramos una vida normal y sedentaria, libre de las burlas y prejuicios! Pero fue un gran error no haber enfrentado mis miedos y haber escondido mi ser natural, la esencia misma de mi naturaleza. En cierta forma no culpo a esa… Baros… ¿Por qué tenía que ser ella? ¡Ay, duele! La vi como lo miraba, como le brillaban los ojos, como se arreglaba el pelo, y esos movimientos de cadera y pescuezo alargado no eran sino signos de cortejo y atracción manifiestos. A mí no me engaña. Ella no sabe que Blue es mi marido (cree igualmente que yo soy heterosexual), y no tiene ni idea de que lo amo más que a mi vida. Él, por otro lado, me ha demostrado su amor muchas veces… Aunque ya sabía yo que algún día pecaría, total, es hombre, y la testosterona lo obliga… ¡Ay, ahora empiezo a sufrir el dolor que sufren las mujeres por sus maridos infieles! ¡Qué cruel consuelo!… Tendré que resignarme a creer que sea ésta una aventura sexual, pero no afectiva… y sí es afectiva, que sea pasajera… ¡No quiero perderlo, no! Lo amo demasiado… Me mataría a mí misma si eso ocurriera, pues, ¿qué sentido tendría mi vida sin él, qué sentido? Ninguno, ninguno…

Sé que puedo parecer dramática, falsamente romántica, pero no, es un dolor real, y estoy consciente que sólo aquéllas o aquéllos que han pasado por esto podrían entenderme. ¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer? ¿Quedarme de brazos cruzados y dejar que todo pase? Blue entonces podría volverse un tunante, un gigoló… ¿O debería pedirle que evite el contacto con Baros? No; prohibir es despertar el deseo… ¿Hablar con él de estas cosas? No me atrevería, y de seguro él se justificaría diciéndome que estoy loca (lo vi molesto por el regaño que le di esta mañana)... ¡Pero yo tengo el derecho de conservar y proteger a mi hombre, a mi marido! Estoy en mi pleno derecho. ¿Pero cómo hacerlo valer? ¿Por la fuerza o por la astucia? ¿Debería atacar este mal dándole celos a Blue con otro hombre manteniéndole así ocupada la mente, quizá con Popescu? No tengo la suficiente maldad e hipocresía para hacerles mal a dos hombres… ¿Qué hago, Dios santo, qué hago?

Antes que nada, serenarte, y actuar según se vayan presentando los problemas… Tengo tanta rabia y miedo… rabia contra Blue, y esa su sonrisita estúpida respondiendo al saludo de Baros, a quien temo porque se ve una mujer decidida y, peor aún, desconocedora del amor. Ella de seguro actúa por instinto, por sexo, en busca de apareamiento, que al parecer ya días no tiene (hasta suspira), pues luce bella, fresca, a pesar de la cara seria que pone. ¿Y Blue por qué le coquetea? (Sí, porque le coquetea: yo misma vi cómo le echaba miradas a su trasero y pechos). Porque es hombre y ella una mujer, porque él es un cazador y ella una presa solitaria, porque el instinto lo obliga a acosar… ¿Y dónde está su gran amor que dice tenerme? El amor está en la cabeza y no en las hormonas… ¿Quién puede contra las hormonas? Ni yo he podido… ¡Ah, lo tengo, lo tengo! Todavía hay una esperanza… ¡Me haré amiga de Baros! ¡Seremos amigas y, con suerte, la disuadiré de evitar los coqueteos de Blue! ¡Qué gran idea! A esto habría de sumarle la suerte que tengo de saber que el señor Fraiser ha recuperado un poco la razón (aunque sigue afirmando que fue atacado por dos entidades fantásticas), y podría serme útil, ayudándome a distraer a la agente Baros. ¡Epa! ¡Ahí viene, Blue! ¡Él no puede ver este diario, mucho menos lo que acabo de escribir! Me mataría… Adiós. Volveré luego.

7

El doctor Scott se enamora

«Quien no conoce nada, no ama nada. Quien no puede hacer nada, no comprende nada. Quien nada comprende, nada vale. Pero quien comprende también ama, observa, ve... cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa, más grande es el amor... Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las frutillas nada sabe acerca de las uvas.»,

PARACELSO

___

Baros condujo a Scott al famoso barrio de Lipscani, donde vivía en la trastienda de una librería que alquilaba a su tío Juvenal, el pariente bucarestino que se hizo cargo de ella cuando ésta tenía dieciséis años, y en verdad el único hombre que la comprendía. Sabía que Baros era demasiado franca, llegando a ingenua, práctica, compasiva y, por último y su defecto más grave, posesiva. Rara vez le conoció novio y al verla llegar, a través de los estantes, con aquel sujeto rubio y el maletín a mano, alzó las cejas por el asombro.

–Él es mi tío –le dijo con ternura Baros a Scott–, mi tío querido.

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Juvenal, tomándola por el brazo, le dio un beso en la mejilla. Scott sonreía satisfecho.

–¿Y el señor es…? –preguntó a medias Juvenal riendo.

–El doctor Scott Fraiser, del Instituto Molecular de Illinois.

–¡Uf! Vaya… –dijo Juvenal.

Scott se sintió apenado.

–Gracias, señorita Baros –respondió Scott, rojo–; pero la verdad es que no soy más que un bioquímico como cualquier otro.

–¡Ah, un bioquímico! –exclamó Juvenal–. Pues me alegro que mi querida sobrina haya sabido escoger…

–¡Tío! –gritó Baros, avergonzada.

Scott estaba radiante de alegría.

–El doctor Fraiser ha venido a Rumania para asistir al funeral de Emile… –agregó rápidamente Baros–. ¡No inventes, tío!

–De todos modos ya estás en edad, sobrinita… Ayúdela, doctor Fraiser, ja, ja.

–¡Tío! –volvió a gritar–. ¡No molestes! ¿Quieres que deje de cocinar para ti la ciorba de perisoare1? Si sigues no volveré a preparártela.

–Ya, ya –dijo el tío.

–Tío –dijo Baros–, el doctor Fraiser pasará unos días conmigo –al decir estas palabras inclinaba la cabeza gradualmente, cerrando los ojos, ante la mirada pícara de Juvenal–. ¡Pero no es lo que tú te imaginas…!

–No; si no me imagino nada, sobrina… –le dijo, enronqueciendo la voz, aplanando el rostro; se dirigió a Scott–. Bienvenido a Lipscani, doctor Fraiser, y le pido que goce –hizo un guiño– de las atenciones de mi amada Cecilia.

–¡Tío Juvenal!

El tío quedó en los estantes acomodando los libros y Baros entró con Scott a la trastienda. Se veía el toque de una mano femenina en la decoración de la pieza, que era ancha, con salita y dos dormitorios.

–Tome asiento, doctor Fraiser –le pidió Baros; éste se sentó en un sofá tapizado con motivos turcos.

–Agente Baros –dijo Scott con la frente arrugada–, le pido de por favor que no me vuelva a llamar doctor; llámeme Scott o Fraiser, por favor… El título me limita como hombre, es decir, mi personalidad entera como hombre.

–Discúlpeme, doc…, Scott –se anudó Baros–. Usted puede llamarme simplemente Baros.

Se dirigió a la cocina. Volvió con vasos y botella en la mano.

–Voy a invitarle la mejor bebida de ciruelas rumana, la tuica. Tenga y dígame si no es sabrosa.

Scott se la echó en un trago.

–Brandy –dijo.

Se levantó ella de la mesa y cogió unas llaves.

–Venga –le dijo–; vayamos a dar una vuelta por el vecindario.

Salieron.

Lipscani es más que todo una calle, una calle comercial e histórica, repleta de bares, mercados, restaurantes y discotecas. Ningún otro lugar puede simbolizar mejor la idiosincrasia de los rumanos citadinos que este lugar campesino y a la vez cosmopolita, rumano y a la vez poliglota.

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Llegaron a un café, el Casa Doina; sentados afuera, en la acera, sobre sillas minimalistas, observaban a la gente caminar llevando grandes bolsas de supermercado. La mayoría iba abrigada, lo que les daba ese aspecto distinguido y elegante propio de las gentes europeas, como el de la agente Baros. Otras, sin embargo, las mujeres de mayor edad, conservaban la tradición y calzaban botas de cuero con correas atadas alrededor del pie, falda blanca y camiseta con chaleco. Podía vérseles flamear el delantal que llaman "catrinta", cubiertas las cabezas con una "basma”. Scott, en cambio, vestía una sencilla camisa de mangas largas, entalladas las piernas en un pantalón de tela inglés. Pidieron un capuchino. Scott no le apartaba la vista, que enternecía para incomodidad de Baros. Ésta, por otro lado, hablaba pero sin cruzar miradas. Scott lo percibió, y se esforzaba por atraer su atención.

En eso vio a una señora que cargaba una canasta de flores, e hizo gala de esas actuaciones que hacen muy célebres a los científicos en el mundo.

–¡Espere! –le gritó, levantándose de la silla y corriendo hacia la señora; la alcanzó; volvió y encontró a una Baros asombrada–: ¿Sería usted muy amable de acompañarme a cenar esta noche, Baros, la Bella? ‒le dijo alargándole un ramillete de flores, con apostura dramática.

Baros reía, nerviosa, tapándose la boca con las palmas de la mano.

–¿Se compadecería usted de este pobre hombre? –arremetió Scott, excitado.

Baros ladeaba la cabeza, como rechazando la oferta en bromas. Scott le colocó el ramo justamente por debajo de la línea de los ojos.

–Sí –dijo ella, cogiendo las flores.

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Es lo bueno del hombre audaz, aun siendo feo luce bello cuando la práctica. Scott en realidad no era feo, sino torpe. Hablaba de temas insulsos cuando no debía, y cuando debía hablar no hallaba qué putas decir. Sin duda que tantas lavadas de cerebro entre libros de biología y química, cálculos, probetas, soluciones salinas y microscopios, más la eterna presencia de unos colegas poco agraciados a los que nada perturbaba (salvo el cumplido de ser las mejores mentes del mundo), no podrían haber formado un hombre del tipo scottiano: torpe de principio a fin, impresionable ante la más mínima simpleza afuera de su mundo, racional pero desconocedor de la compleja psicología humana, en una frase, un hombre sin tacto en asuntos del amor. Sin embargo tenía Scott una cualidad singular digno del más grande de los elogios: sabía escuchar. Aunque esta vez lo había salvado la televisión, y un poquito de valor, pues la escena la había visto miles de veces en las comedias de Hollywood, para el caso, en Pretty Woman, con Richard Gere rogándole a Julia Roberts. ¡Y le había funcionado! Pensaba, para sus adentros, que si sus compañeros llegaran a darse cuenta de lo sucedido, sería fulminado a bromas o risas, o de admiración por parte de las damas. ¿Eso era entonces? ¿Esa era clave? Saber jugar con las cartas de la enajenación televisiva global. ¿Estaría el mundo entero condicionado, reprimido, idiotizado por este tipo de cultura digital? De seguro tenía que ser así, si no ¿por qué la mujer para ser bella tiene que ser delgada y esbelta? ¿Por qué el hombre musculoso y brutal?, o ¿porqué el hombre o la mujer después de los treinta si no tienen dinero son considerados unos fracasados, a pesar de que les queda toda una vida productiva por delante?; más aún, ¿por qué la gente después de los cincuenta años decía sentirse como una de cien?; o la más grande y ciega de las sinrazones, ¿por qué la riqueza mundial debía estar concentrada en manos de una élite conformada por tan sólo mil quinientos billonarios, los que, para mayor estupidez, eran idolatrados como los plus ultra del género humano, y hasta con orgullo, en vez de exigir una repartición justa, por el resto de los cinco mil quinientos millones de seres desarrapados que se extinguen en medio de la miseria? Era para reírse, pero de la vergüenza.

Baros se despidió de Scott porque dijo tener trámites pendientes en la Morgue. Éste le dijo que la invitaría a la Charme, un restaurante, en ese entonces casi al aire libre, que había visto cuando bajaban por Lipscani, y donde los camareros servían pez espada a la parrilla, espárragos frescos y pasta con setas mientras se escucha música de fondo relajante. Además podían tomar asiento en un sofá o sentarse en sillas giratorias junto a la barra. Baros le sugirió que si no era mucha la molestia, bien podía él prepararle la cena en la trastienda, que era muy acogedora. Scott asintió felicísimo.

A partir de aquí Scott se vio arrastrado por una necesidad urgente de ligar, de unirse. ¿Cómo se le había despertado este deseo desde la primera visión de Baros? ¿Qué tenía esta mujer que la hacía tan fatal? Le pareció que hasta entonces su vida había estado completamente vacía y que había perdido el tiempo en sus investigaciones. No, la vida sin una mujer como Baros, no es vida, se dijo. ¿Pero qué digo? No; mis estudios tuvieron un propósito, sí, ¿cómo el de Emile? ¡Si Emile está muerto! Y pensaba: «¿Y quién en esta puta vida le agradeció por tanta dedicación al estudio? ¿El vecino de al lado? ¿El rector de la universidad? ¿Sus padres? ¿Qué fue de la vida de este hombre? ¿Mujer e hijos? Ninguno. ¿A qué vino a este mundo? ¿Fue feliz? ¿Amaría? Ah, el amor… ¿Qué era eso, quizá lo que él estaba viviendo en ese momento por Baros? Sí, eso era el amor, algo más allá de la compenetración física, algo que jamás podrá ser explicado pero sí sentido, y con mucho ardor. Baros, te amo».

Efectivamente, Scott se había enamorado. ¿Un frío científico flechado en tan sólo dos días? ¿Duda alguno de ustedes? ¿No era él acaso un ser humano? ¿No le había pasado lo mismo a Tom Cruise y Nicole Kidman? ¿Acaso no te pasó a ti la vez pasada, cuando no dormías ni dejabas de pensar en el objeto amado? Ahora entiendes a Scott, que cayó presa del amor, de ese amor platónico, romántico, obsesivo, en el que uno es el héroe, o la víctima, presto a sufrir por rescatar a su amada, y ésta está más que dispuesta a recibir humillaciones, maltrato físico y todos los males del mundo, de ese amor que jamás se te cruza por la mente creer que es la imagen perversa y masoquista del verdadero amor. Pues ¿por qué se imaginaba un amor sufrido en vez de uno feliz? ¿Y aun reunidas las condiciones, por qué ser tan infeliz? Pero Scott, sin saber cómo o por qué, lo sentía así, adversativo. Y entonces sentía mayor atracción por Baros, tanto que empezó a darse cuenta de que la bioquímica le aburría, que ya no tendría el empuje y la curiosidad por analizar una molécula más bajo el microscopio, que ¡qué putas me importa a mí el genoma humano si ni siquiera he podido perpetuar el mío! Necesitaba de Baros, pero de forma inconsciente, pues en sus cinco sentidos trataba de reprimir este sentimiento, guardando silencio y yéndose por otros medios, retardando el momento.

Y era el momento. A sus treinta años, ahora que lo vislumbraba, casarse era una obligación, para dejar prole. ¿Y si moría mañana, como Emile, nadie en el futuro lo recordaría, perdiéndose su semilla para siempre de los anales de la raza humana? Por otra parte, Baros y yo somos casi idénticos, bueno, no idénticos sino opuestos, como debería ser, tan disimiles como los polos magnéticos, pero hechos, precisamente así, a la medida. Uno sabe dónde y el día que nace, pero no dónde ni cuándo muere, como tampoco los contrasentidos que te obligará a hacer en la vida. Si no, ¿por qué se sentía libre de hacer tonterías como el del ramillete estando enfrente de Baros? ¿Y qué tenía ella que tanto le fascinaba a él? Sería el cabello lacio, esa quijadita ligeramente pronunciada y puntuda, sus ojos gatúbelos, esa voz afónica, sensual, o acaso ese cuerpo de diosa romana orgullosa de sus pechos abundantes y ancas de yegua. ¿No? ¿No era eso? ¿El destino, qué me trajo para enamorarme de Baros? Ja, ja. ¿Creer yo en esas boberías? No, hombre. Scott, a pesar de querer encontrar una explicación racional, congruente con las leyes del Universo, no daba con ella, ni tampoco se daba cuenta de que percibía en Baros fortaleza, reciedumbre, serenidad, reflejos de una complexión biológica que se manifestaba en su carácter a la vez salvaje y severo, que despertaba en él su instinto de cazador por tanto tiempo adormecido por el intelecto. Baros era su atracción fatal, su Sharon Stone en pelo negro, la única mujer en el mundo que podría hacerlo feliz.

Baros, sin embargo y como hemos dicho, terca como es ella, no guardaba otro sentimiento más que de distancia y respeto por Scott, el amigo extranjero de Emile. Eran tan distintos. Ella, suspicaz; él, ingenuo; ella siempre lista a juzgar con firmeza; él tan comedido; ella seria y directa al objetivo; él tan mal contador de chistes y filósofo. En pocas palabras: «No había química». Palabras que lo definieron todo desde el principio. Ella tenía otros planes en su vida, profesionales más que todo, echando por fuera todo lo que oliera al amor. ¿Todo? ¿Y Blue, el latino bello? Fue nada más una impresión, una de la que no me puedo confiar. Y se había repetido estas palabras desde hacía quince años, cuando lloró por meses a un chico tatuado que, habiéndola hecho escapar de la casa, desflorándola, e impeliéndola a desobedecer a sus padres, aprendiendo a fumar y decir palabrotas, la había dejado por ‘una amiga’, de la pandilla. Eso fue todo, y moldearía su personalidad a futuro. «¡Yo no necesito de ningún hombre!», le gritó un día a su tío, que la salvó de la vagancia, y que con los años la apuraría a buscar esposo, «para que tengas una vida normal, una familia, hijos». «¡Los tendré por inseminación artificial», había rebatido. Pero la vida le había jugado con ironías: al enrolarse en la policía, se había encontrado con Popescu, que se parecía en mucho a su primer amor, y que la hacía sufrir tanto como aquél, pero que ella era incapaz de odiar.

Llegó Baros por la noche a la trastienda. Scott la recibió con un plato de langostas y le alcanzó una copa de tuica, proponiéndole un brindis, «por la amistad», con una canción de Barry White en el fondo. Era ridículo, pensó ella, pero divertido a fin de cuentas.

–Tiene usted una buena colección musical –abrió Scott la plática.

–Pero no es mía, sino de mi tío.

Scott inclinó el cuerpo sobre la mesa.

–Voy a revelarle un secreto –le susurró.

Baros tragó saliva. El asunto empezaba a teñirse de tintes comprometedores.

–Es muy temprano para contarlos –le respondió incómoda, tratando de retardar lo que en el fondo intuía como una declaración de amor. Su experiencia policial le había enseñado a reconocer ciertas actitudes en determinado tipo de individuos. En su análisis, Scott era del tipo retraído y discreto pero con arranques imprevistos de emoción, debido a la edad y la formación frívola americana; o sea, del tipo científico, estructural, aunque, como todo individuo de la clase media, formado bajo una intensa actividad comercial y mediática.

–¿Usted cree? –preguntó estúpidamente Scott.

–Dígame una cosa –dijo Baros enderezándose en la silla–; sé que le va a causar cierta molestia, pero necesito saberlo. ¿Qué fue lo que ocurrió en el hotel?

Scott empezó a sentirse indispuesto.

–Es que me avergüenza decirlo –se disculpó; sudaba–, y lo he repetido tantas veces que ya nadie me cree. Mejor cambiemos de tema, ¿quiere?

–Por favor, Scott –le suplicó Baros–, dígamelo, que yo sí le voy a creer.

–Antes que nada, Baros: yo no estoy loco. Y voy a decirle lo que pasó en pocas palabras, ¿está bien?

–Siga.

–Mire… –Se trabó–, ¡es que no sé cómo explicarlo!

–Haga un esfuerzo.

Scott se dejó caer en la silla. Baros lo miraba atenta.

–Luego de haberme dejado usted en el hotel, entré a mi habitación, me recosté en la cama y, mientras leía el periódico, escuché un zumbido afuera, cerca de la ventana, que estaba abierta…

Se apretó los ojos, amordazándose la boca.

–¡Ni yo mismo sé lo que vi, Baros, ni yo mismo lo sé! De repente estalló la pared en pedazos y llenó de polvo la habitación y yo… yo me sentía en otro mundo, en otra dimensión… y vi, a través de la polvareda, una figura horrorosa suspendida en el aire, con grandes uñas afiladas, abalanzándoseme… –Scott se cubrió el rostro, a punto de llorar.

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»La habitación se revolvía entera por las grandes ráfagas de viento… y luego otra figura que aparece de la nada a grandes saltos luchando contra la primera en el piso, atacándose en medio de bufidos y chirridos crujientes… Una de ellas alcanzó a verme, yo intenté averiguar… pero el polvo y el aire me nublaron la vista…»

Baros abría los ojos, incrédula ante la narración de Scott, a quien tomó por alienado.

–Me parece estar escuchando un cuento de vampiros y hombres lobos –dijo, destemplada.

Se afligió el pobre Scott.

–No me cree, ¿verdad? –le preguntó, aturdido–. ¿Cree usted que pude haber hecho yo ese gran agujero utilizando solamente mis manos?

Baros se sorprendió al escuchar aquello.

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–¿Sólo con mis manos? –siguió Scott, exaltado ya, casi con rabia–. ¿Podría romper yo el concreto con estas uñas?

–¿Cuánto tiempo pasó desde que lo dejé en el parqueo hasta que las entidades salieron de su habitación?

–¿Pero no se ha fijado usted en mi equipaje, Baros? Es un maletín pequeño, como podría cargar yo un taladro, digamos, ¡y abrir un boquete tan grande con tanta rapidez!

–¿Cuánto tiempo, Scott? –terció Baros.

–Unos diez minutos. ¡Pero acaso no vio el agujero! ¡Es enorme, mucho más grande que el de un cuerpo humano! –gritó Scott alargando el cuello–. Y ya, ya no quiero hablar nunca más del asunto –y cogió un tenedor para abrir la langosta.

Baros quedó pensativa. Un segundo después creyó conveniente hacer pasar un buen momento a Scott, que parecía sentirse acosado.

–Discúlpeme –le dijo–, por ser tan insensible. Y no se preocupe, ya daremos con los responsables de este ataque. Yo misma me haré cargo del caso.

Scott recuperó la alegría y pronto en la cara se le dibujó una sonrisa.

–Gracias, Baros –le contestó–. Usted ha sido la única en comprenderme…

–Oiga –le dijo–: está muy buena la langosta.

Sonrieron ambos. Aquel cumplido subió los ánimos de Scott, quien se levantó y caminó hacia el reproductor de cd.

–Déjeme dedicarle una canción –le dijo, colocando el disco–. Hoy quiero olvidarme de todo, menos de las cosas que han hecho que mi vida tenga sentido –apretó el play–. ¿Escucha el intro? –preguntó; un arpegio sugestivo de guitarras toca un son decidido y provocativo:

Do, do, do, do…

Tonight, I wanna give it all to you

In the darkness, so much I wanna do

And tonight, I wanna lay it at your feet

‘Cause, girl, I was made for you

Girl, you were made for me

Baros se sintió comprometida, y en medio de latigazos de guitarra, reía a fuerzas, apenada. A Scott le brillaban los ojos.

–Muy buena canción. ¿Quién la canta?

Scott contoneó la voz.

Kiss (en español «Beso») –dándole un doble sentido a las palabras.

–¿Perdón? –preguntó Baros, desconcertada.

–El grupo –dijo Scott–, así se llama, Kiss.

Sintió el doctor que había llegado el momento decisivo para el amor y haciendo muecas solapadas que imitaban la letra de la canción, entornando los ojos, que no apartaba de Baros, llegó a la mesa, se sentó y alargó la mano más allá de la vela que hacía de centro. Baros escondió la suya.

–¿Sabe usted que es muy linda? –le dijo, fija la vista.

–Oh, gracias… –le contestó Baros, sin darle importancia al asunto.

–He tenido que guardarme muchas cosas –siguió Scott; Baros dio un saltito en la silla.

–Así es la vida –le respondió ella, tratando de salir del terreno fangoso con diplomacia.

–¿Cuántas personas en el mundo no darían lo que fuera por ser amadas? –replicó torpemente, creyendo formular una gran pregunta que sería contestada con un «y me lo dice a mí, que estoy sola, que ni novio tengo y que cómo me gustaría encontrarme un día a un hombre que supiera amar de verdad».

Pero Baros le salió cortante.

–No hablemos de eso –le dijo, grave–. Me siento realmente incomoda con el tema.

Se le vino al hombre el mundo abajo. La muralla estaba alzada. Y, sin embargo, el asunto en la mente de Scott tomó otro rumbo: «¿No existe el esfuerzo para sobrepasar estos obstáculos?»

–Mañana es el funeral de Emile –dijo Baros feamente–. Vendré por usted a las dos de la tarde, luego de salir de la oficina.

–Sí, está bien –le contestó Scott, sin interés, frío.

Baros dejó que la cena se le enfriara, y se levantó para ir a la cocina, con paso indiferente. Scott se alarmó: «Ámame u ódiame, pero no seas indiferente conmigo»; se apresuró a decir:

–¿Y no le gustaría escuchar mi secreto?

Baros ladeó la cabeza. «¡Ay, la declaración de amor! ¡Qué fastidio!», se dijo.

–¡Pues que me quedo en Rumania!

Se escuchó el grifo romper con fuerza en el lavamanos.

–Pero, doctor Fraiser…

–He pensado en fundar una compañía de investigaciones genómicas, Baros. Ya me verá triunfando en su bella tierra – acentúo las últimas palabras.

«Ay, qué dolor de cabeza», murmulló Baros. «Qué fatalidad…»

–¿Cómo dice? –preguntó Scott.

–¡No; nada, nada! Estoy segura que le irá muy bien en el negocio.

Y cerró el grifo con enfado.

«Tome», le dijo alargándole unas grajeas negras, «aquí están las pastillas que le recetó el doctor Zamfir».

 

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