El espanto de Bucarest - Capítulos 10 y 11 - Un funeral de excéntricos y un poco de rachiu

Ante el éxito que hemos tenido con los relatos del escritor Valentino, la dirección del equipo de  CNI ha acordado celebrar un contrato para la publicación por entregas semanales de una de sus novelas de ciencia ficción, "El espanto de Bucarest", que se ha convertido en uno de los productos más frescos y originales de la literatura de ciencia ficción latinoamericana. En estos capítulos X y XI la agente Baros se enfrenta, cara a cara, con el Monstruo de Bucarest...

El espanto de Bucarest - Capítulos 10 y 11 - Un funeral de excéntricos y un poco de rachiu
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El Balaur

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Un funeral de excéntricos

«Si no tuviéramos defectos no sentiríamos tanto placer descubriendo los de los demás.»,

Francois de Larochefoucauld, Máximas

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–Un minuto –gritó Scott desde el dormitorio.

–Sólo vengo a decirle que vendré por usted en la tarde –dijo Baros, en la puerta, llaves en mano–. Mi tío Juvenal ya está en la librería. Si desea pasar un tiempo con él, hablando o leyendo algún libro, creo que no sería una mala idea.

Scott, en el interior, hizo una mueca. «Yo pensaba en salir contigo, Baros». Se resintió.

–Bueno: me voy. Adiós.

–¡Espere! –contestó Scott, abriendo la puerta, con una corbata en la mano; Baros se había esfumado dejando tras de sí un delicioso olor a mujer.

Volvió al cuarto. Se cambió la corbata. «No; la violeta sienta mal para un funeral», y cogió una café oscuro de entre unas cuantas de estilo circense que, por las bolitas multicolores, no hacían juego ni con el traje ni con la camisa de centro. Y todavía, teniéndola cogida en la mano, deliberó: ¿Color rosa con puntitos violeta o una de rojo eléctrico a rayas diagonales cárdenas? No; la café; me tiro por la café. Se vistió frente al espejo: «No, no eres feo, Scott. ¡Todo un gentleman inglés! Ve por ella, vamos, Scott, es tuya», monologaba haciendo monerías con la cara.

Baros pasó recogiéndolo a las dos, como habían acordado. Scott sintió un goce inmenso al verla llegar a su lado. Subieron al auto y, minutos después, llegaban al cementerio, justamente cuando el pastor Faina pronunciaba el panegírico. Había bastante concurrencia, y la gente se agolpaba una tras otra cerca del prelado. Scott y Baros se ubicaron los últimos, al lado de dos hombres de cabeza cuadrada y semblante serio.

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–¡Pobre Cervini! –dijo uno de ellos, el bajito, que hablaba al de barba espesa–. Fue un gran hombre de ciencia y un gran amigo.

–Sí, es una verdadera lástima que haya muerto de la manera en que murió.

–Lo único que le recrimino es la desventura de haber defendido este sistema capitalista que tanto abruma a Rumania y que acabó con su vida.

–¡Qué dices! –le espetó el otro–. ¡Vaya, un jacobino de finales del siglo XX! ¡Ah, qué el sistema capitalista abruma a Rumania y que mató a Cervini! ¿Eres bruto, o qué?

–Ay, Tassus, qué ciego estás –le devolvió el primero.

–¡Vaya! ¿Me dices ciego a mí? ¿Acaso no ves el inmenso progreso que hemos alcanzado en tan sólo tres años?

–¿Progreso? Ja, ja… ¡No me vengas con ésas!

–¿Cuándo en los días de Ceacescu podrías tú tener tu propio negocio o siquiera tener la esperanza de alcanzar la riqueza por tus propios medios? ¡Jamás! El comunismo lo impedía.

–¿Ah? ¿Y ahora sí puedo?

–Claro que puedes. Eres libre de hacer lo que quieras, mi querido Iliescu, ¿o no?

–Sí; tan libre, pero tan libre –repetía el otro con sorna–, que me doy el lujo de enriquecer a otros sin que éstos me retribuyan las ganancias de mi trabajo.

–¡Bah! ¡Porque tú así lo quieres! ¿Y por qué trabajas para otros si puedes trabajar para ti mismo?

–Porque no tengo capital, tonto.

–Pues consíguelo.

–¿Cómo? ¿Robando, sobornando gente o contrabandeando? Pues no, señor. Lo único que tengo es mi fuerza, la que vendo, con tal mala suerte que me pagan unos míseros centavos por ella; apenas me alcanza para comer y no digamos para ahorrar…

–¿Y cómo han hecho los demás para llegar a tenerlo?

El pastor Faina pidió un minuto de silencio en memoria de Emile.

–Soy tan libre –siguió el bajito–, que me da por matar a los otros cuando no tengo con qué dar pan a mis hijos; tan libre que, en la desesperación, junto con otros desamparados como yo nos asociamos en una mafia para delinquir en busca del capital…

–¡Chisst! –lo calló el otro–. ¡Cállate! El pastor empieza a hablar –después–: ¿Matar? Siempre ha habido muertes, aquí y en la China, viejo loco.

–Sí, como las de Oprea, Constantine, Vasile, Florin y Rahova. ¡Qué estúpido eres! ¿Cuándo en los tiempos de Ceacescu se daban muertes tan espeluznantes como éstas? Y estoy seguro que fueron provocadas por la ambición al maldito dinero…

–No, si nadie mataba por dinero, sino por una migaja de pan… ¡Ah, aparte de viejo, tonto! Ni siquiera haber vivido en carne propia la sumisión comunista pudo haberte abierto los ojos… Tú y yo bien sabemos que pasó con ellos. ¡Hazte a un lado, viejo loco!

–Loco tal vez, pero no estúpido… como algunos que conozco… Sé perfectamente lo que estoy diciendo, Hristov. ¿Por qué crees que la violencia se ha apoderado del país? ¡Eh, dímelo, dímelo, viejo oportunista, eh! Por el dinero, ¡por el maldito dinero, que el capitalismo se niega a retribuirles por dárselo a los ricos…! ¿No es acaso esto la más vil de las inequidades!… Y esto es sólo el principio…

–¿Y qué quieres? ¿Qué regalen los empresarios el capital que con tanto esfuerzo les costó acumular? ¡Vete a otro lado con tus sandeces!

–¿Qué les costó acumular? Les cuesta a los otros… a los pobres diablos que trabajan para ellos… Ellos invierten, solamente invierten el dinero que ganaron con el trabajo de otro. ¿Por qué no reparten en partes iguales el excedente de ese trabajo entre ellos, los inversionistas, y los demás, los que realmente crearon la riqueza con la fuerza de su trabajo? ¡No! ¡Todo tenía que quedárseles en los bolsillos, y a los demás les dan una mísera fracción de los ingresos!

–¡Bah! ¡Así es el mundo, así es la vida, así lo ha dictado la Naturaleza! ¿No los justifica para ello la Selección Natural? El más apto, el más fuerte, óyeme, ése está destinado para sobrevivir y mandar a los demás… Lo he comprobado yo mismo en mis experimentos genéticos de laboratorio, a nivel celular… Todo este Universo trata sobre cómo obtener los mejores recursos para llegar a ser el mejor, para tener más opciones de sobrevivencia. Supervivencia, psicología conquistadora, hombre, ¡y ve a revisar tus viejos postulados comunistas, que no me causan más que risa…!

–Je, je… Vaya respuesta… ¡Si me parece estar escuchando al Dorval del Marqués de Sade o a Hitler! ¡Cómo que esas teorías capitalistas te han carcomido los sesos!

–Ay, Yakob, no quisiera ni pensar en las teorías que enseñas a tus pupilos –le cuchicheó el barbón–. ¡Santo Dios! ¡Me dices que prefieres volver a los tiempos en que trabajabas como burro solamente para ir a hacer fila por una taza de azúcar! No, hombre. Se ve que estás lejos de conocer las necesidades humanas. ¿Has leído alguna vez a Maslow y su pirámide, a Newman? ¡Qué va! ¡Si Marx te ha secado el cerebro!

–Bah, ¿cuándo te hizo falta un pedazo de pan en los días de Ceacescu? ¡Viejo mezquino, eso es lo que tú eres!

–¡Qué! No, no me hizo falta, sino que nunca lo tuve. ¿Cómo debía sobrevivir entonces? ¿Acaso podía vender algo y así ganarme unos lei para comer esa migaja de pan que tú tanto glorificas? ¿Ah? Pues no: el santo comunismo me lo impedía. ¿Y cómo andaba vestido en ese entonces? ¡En harapos, en harapos! Mírame hoy, sí, échame un ojo, tócame si quieres, tócame, ¡casimir inglés! Ja, ja, ja… ¿A ver si puedes con eso? ¡Ah, hermosa libertad! ¡Marx, Lenin, Mao, Ceacescu y todas esas teorías acerca de la unidad e igualdad humana no son más que conceptos represores que atentan contra las Leyes de la Naturaleza, contra el Universo mismo! ¡Vive y deja vivir!

–Ya sabía que me saldrías con ese famoso “sálvese quién pueda” capitalista. No, Hristov, te equivocas… El capitalismo es la expresión animal del hombre… Un paso obligado en la evolución humana, además. Yo tengo paciencia, y he comprendido que este paso no puede obviarse, y que también se ha de sobrepasar. ¡El hombre ha evolucionado, Hristov, ha evolucionado, sí, y lo ha hecho desde el mismo momento en que ha descubierto la composición de su propia naturaleza y la de los demás! Sabe que es un animal, pero que ha logrado trascender, conociéndose a sí mismo. Ahora viene lo mejor de él, Tassus: cambiará su naturaleza animal por una mejor, una naturaleza verdaderamente humana, de espíritu comunal. Esa es su finalidad. Tampoco es la primera vez que ocurre, ya que nuestras propias células acometieron la misma empresa hace miles de millones de años al evolucionar de seres unicelulares a pluricelulares…

–¿Adónde me quieres llevar con tu palabrería barata, Iliescu?

–A que te guste o no, la humanidad en un futuro no muy lejano se volcará toda hacia el comunismo… quizá en ese entonces tenga otro nombre, pero será el sistema del futuro. ¿Crees tú que seguirá robando las energías del prójimo sabiendo que con ello se aniquila a sí misma? ¡No, viejo oportunista, no!… Ya verás cómo una vez que alcance cierto grado de civilización tecnológica se inclinará inevitablemente hacia el comunismo, ya lo verás. ¡Y es algo inevitable! Y no será porque se le vaya a ocurrir a una sola persona, sino porque será forzada por cuestiones de evolución sociológica… El comunismo es la expresión más virtuosa del hombre… Sólo un tonto como tú es incapaz de predecirlo.

El barbón, enrojecido, iba ya a lanzarle un grueso discurso, pero las palabras del pastor Faina los interrumpieron:

–Dios, hijitos míos, no olvida nunca sus promesas de amor, perdón, paz y justicia, ¡nunca olvida, nunca! ¿Acaso se olvidó de este pueblo rumano? No. Lo hizo libre, así como libró muchos pueblos en la Antigüedad; ¿se olvidó acaso del pueblo judío esclavizado en Egipto? He allí un ejemplo digno de mención y del poder justiciero de sus promesas… –la multitud agachaba la cabeza, acomodándose sus lentes negros–. ¿No sacó a los patriarcas de Egipto (ese pueblo inicuo que padeció el terror de las diez plagas por oponérsele), acarreándolos a través del Desierto (donde los guardo del mal arrasando a sus pérfidos enemigos) hasta que los instaló en Palestina, la tierra que tiempo atrás les hubo prometido? ‒y pronunció el obispo estas palabras con gran inocencia.

–¡Qué discurso más disparatado es ése! –susurró el bajito, riendo–. ¡Ese sí es amor de los que matan… pero a los otros! –y acabó carcajeándose.

–Como tampoco se olvidará de hacer justicia a este siervo suyo –siguió Faina–, a este gran hombre de ciencia llamado en vida Emile Cervini…

–¡Cómo no se olvidará nunca de mí cuando vea cómo se me queman las patas en el Infierno! –El bajito no podía contener la risa. –¡Y de ti también, Hristov, viejo oportunista! Deja de poner esa cara de serio que aquí nadie se la cree…

Evidentemente, estos dos personajes sostenían una de las conversaciones más aburridas y peor tratadas del globo, y tanto Scott como Baros no podían ser menos sensibles a tales fruslerías. Éste pellizcó a Baros en el codo y, buscando la forma de sacarse a los inagotables parlanchines, empezó por señalarle a Baros un sitio más allá de la esquina, pero tuvo la mala fortuna de que, abriéndose paso en medio de las gentes, pisó el pie de uno de ellos, el del bajito.

–Disculpe usted… –le dijo, apenado, en inglés.

El señor bajito hablaba la lengua sajona.

–¿Es usted uno de los amigos de finado Cervini?

–Sí –le contestó escuetamente Scott–; fuimos compañeros de estudio en el MIT.

–¡Oh, qué bien! –exclamó el viejito, alegre, tratando de agradar al recién llegado–. Permítame una ligera presentación: soy el profesor Yakob Iliescu, de la Universidad de Bucarest, y su decano en sociología. ¡Es un gusto grande conocerlo! –v le tendió la mano; enseguida añadió–: Y mi amigo, aquí presente, es el ingeniero en bioinformática Hirstov Tassus.

Al tenderle la mano a Tassus, Scott se sintió en familia. Le dijo que él era bioquímico. Luego les presentó a Baros.

–¿Cómo es que Cervini no nos hubo hablado de usted antes? –exclamó Tassus acariciándose las barbas–. Le conocí a todos sus allegados, menos a usted, doctor Scott.

–Ya últimamente hablábamos muy poco debido a la acumulación del trabajo. ¿Quizá habrá sido por esto?

–Lo más probable. Pero es una pena que no nos hayamos conocido antes.

–Sí, una pena, ciertamente.

–¡Todavía más para nosotros, doctor! –siguió Tassus, condescendiente–. Cervini y nuestro equipo de Laboratorio estábamos muy avanzados en el desarrollo de aplicaciones bioinformáticas para estudiar el material genético en los cromosomas. Para ustedes en el MIT han de ser cosas rutinarias, supongo, pero para nosotros son descubrimientos muy, muy interesantes, dignos de alabanza… –carraspeó–. Y ya que está aquí en esta florida Rumania, ¿por qué no nos hace una visita a la Universidad? Le encantará conocernos… Le aseguro que…

Le frenó el discurso un espectáculo que empezaba a desarrollarse al otro lado de la calle. El obispo había estado pronunciando el sermón al pie de la tumba de Cervini, que se hallaba cerca de las puertas del cementerio, así que la gente podía levantar la vista hacia afuera, a la calle. No hacía mucho, justo después de haberse iniciado el panegírico, la atención del grupo había sido arrebatada por la presencia de una limusina negra que se estacionaba lentamente frente al portón. Acto seguido, dos hombres bajaban del auto con gran rapidez y abrían diligentemente la puerta trasera para que desabordara de él un señor elegante. El obispo había quedado hablando prácticamente solo.

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–¡Puta madre! –Tassus rechinó los dientes por encima del hombro de su interlocutor–: ¿Qué demonios hace el imbécil aquí?

Scott giró la cabeza y, tras él Baros, luego Iliescu.

–¡Stefan David!

–¡Salgamos de aquí! –dijo Iliescu, malhumorado.

Scott, ignorante del asunto, no dijo nada, pero Baros, al reconocer al poderoso financiero y farmacéutico, abrió mucho los ojos. Los profesores se dirigieron a Scott:

–¿Cuánto tiempo va a quedarse en Rumania?

–Pues… Había pensado salir mañana para Illinois, pero…

–¿Illinois?

–Sí, soy de allá, y trabajo para el Instituto Molecular del Estado.

–En ese caso, es un honor para mí rogarle que nos visite al Laboratorio, para cambiar impresiones antes de que se vaya… Quiero enseñarle un caso muy interesante.

Esto último lo dijeron ya desde lejos, apremiados por evadir la presencia de Stefan.

–Eh… –No pudo decirle nada; luego a Baros–: ¿Qué les pasa a estos tipos?

–¡No deje usted de ir al Laboratorio, doctor, que lo estaremos esperando! –le gritaron y se perdieron entre la multitud.

Stefan, caminando como si fuera el rey del circo, se ubicó cerca de Scott y Baros.

–Al parecer no les cae muy bien el vecino –le dijo Baros a Scott, apuntado con los labios al financiero.

Y Stefan, que por casualidad había puesto los ojos en ella, en su liso cabello negro, le sonrió al notar que aquella boquita carmesí lo recibía con tanta ternura. Ésta se sonrojó. Pasada una hora, la ceremonia había terminado.

Ya Baros y Scott cruzaban el portón cuando una voz los detuvo:

–¡Agente Baros, un segundo, por favor!

Era Faina, el pastor de iglesias. Se acercó.

–Sé que no es el momento adecuado para sermonearla –dijo–, pero todos estos días me he estado preguntado si anda algo mal en usted –siguió–. Hace mucho que no la veo llegar a la iglesia… ¿Qué es lo que pasa? ¿Se ha peleado usted con Popescu? Ya sé que éste es un niño a veces insolente pero…

Baros arrugó el entrecejo.

–No; nada de eso, pastor –le respondió–. Es que no he podido despegar un sólo parpado de los casos que me han encomendado… Estoy realmente muy ocupada; por favor, discúlpeme por haberme desatendido de usted. A propósito, pastor Faina, ¿puedo darle un aventón a la iglesia, si a usted no le molesta? ¡Ah, mil perdones por mi falta de cortesía! Pastor Faina: el doctor Scott Fraiser, amigo íntimo de Emile y mío.

Ese “mío” final entusiasmó a Scott, que se sentía profundamente honrado por la presentación de Baros. Saludó al pastor Faina. Luego todos subieron al coche; dejaron una larga línea de pisadas en la tierra lodosa.

Baros echó una última ojeada. Stefan la miraba, fijo. Se apenó ella. Reculó el asiento y con el rabillo lo espió.

Sucedió en aquel momento: salido del bosquecillo de enfrente, un hombre descomunal apareció rompiendo a gritos entre la muchedumbre, que chillaba horrorizada, dispersándose por en medio de las tumbas del lugar; Stefan, que había estado embelesado con Baros, dio media vuelta tratando de averiguar que era todo aquel alboroto, sólo para encontrarse con que la fiera se dirigía hacia él, a pocos pasos. Inclinó el cuerpo, evadiendo las garras del animal, que abría la boca enseñando los dientes. Baros, asombrada, se estremeció en la ventanilla; a la carrera, salió del carro descerrajando su Beretta y disparó antes que el engendro cayera encima de Stefan, asestándole dos descargas en el hombro. Gritó la monstruosidad, furiosa, ardida, afilando las zarpas, dirigiéndose a saltos en dirección a ella, que no cesaba de disparar. Stefan aprovechó para escapar en su limosina.

–¡El balaur! –gritó Scott, espantado–. ¡El balaur!

–Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre… –oraba Faina, arrodillado en el asiento de atrás; se dirigió a Scott, lloriqueando–. ¡Hay que salvarla, hay que salvarla! ¡Salgamos del auto!

El balaur se plantó en las narices de Baros, arqueando los brazos, blandiendo sus manazas, emitiendo ensordecedores bufidos, y el aliento nuboso golpeando la cara de ésta, que cayó aplanada por la diabólica impresión, arma en mano, barrida. La encaró, husmeando, ojo a ojo. Baros temblaba, fluctuante la boca. El engendró alzó la cabeza, olió en el ambiente, y tras unos gruñidos, elevándose en impulsos del suelo, inexplicablemente, se perdió en la sombra de los árboles del bosque. Baros, acodada, se dejó caer, muda, presa del terror. ¡Después de todo, Scott había dicho la verdad!

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–Gracias a Dios que estás viva, hijita mía –le dijo Faina, llorando–. Ven, toma mi mano; marchémonos a casa.

Y salieron con una Baros petrificada rumbo a Lipscani.

 

11

Un poco de rachiu

___

La sentaron en el sofá turco, el cuerpo todavía sacudido por las visión de la figura encimándosele. Scott no sabía qué hacer y se puso a sobarle el pelo, diciéndole a puchitos que controlara la respiración. El pastor Faina salió de la cocina con una tacita de rachiu, el brandy de frutas nacional.

–Beba –le dijo acercándole la taza a los labios, que Baros consumió en un solo trago; la tomó de la mano–. Tranquilícese; ya pasó.

Baros dirigió la vista hacia Scott, que le sonreía con una sonrisa trémula, como si tratara al máximo de darse valor, cuando en realidad no lo tenía; lo miraba atónita, y parecía que sus ojos negros le transmitían la pena de una disculpa. «Lo que usted me había dicho resultó ser una verdad palpable», simulaba decir con la mirada. «Y yo que lo tomé por loco».

–Dios –dijo Faina al fin, colocando la taza en rústica mesita de sala– sabe por qué hace las cosas…

–Yo creo, pastor Faina –lo interrumpió Scott haciéndole una seña con la que trataba de acallar el sermón del párroco–, que deberíamos dejar descansar a Baros; la veo muy afectada por lo ocurrido.

–No, no… –dijo ésta, que se echó el pelo para atrás, irguiendo la espalda en el sillón–; estoy bien. Me gustaría repensar un poco las cosas… Y perdóneme por no haberle creído antes, Scott.

–Es lo de menos –le contestó el otro–. Lo importante ahora es que usted se recupere.

–Entonces lo que vi en la escena del caso Rahova… –balbuceó Baros como iluminada por un destello de lucidez– y lo que decían las gentes sobre el balaur, todas esas garras y gritos…

–¿Y la forma en que murió Emile? –añadió ingenuamente Scott, asestándole un duro golpe moral.

–Emile… –Baros apenas pudo pronunciarlo; se sentía inútil, inepta; enseguida se echó a reír, luego se agarró la cabeza, y las lágrimas que le desleían el maquillaje.

–No sigas, hijita –la consoló Faina con su afectado tono religioso–. Olvida lo que has visto hoy; cesa de atormentarte.

Baros se tiró al sillón suspirando.

–Tiene que haber una explicación racional –irrumpió Scott tronándose los dedos de la mano; empezó a recorrer la sala moviendo la cabeza–. ¡Por supuesto que tiene que haber una explicación racional!

–Claro, claro –lo secundó Faina, a la deriva.

–¡No, no puede ser…! –mascullaba Baros–. No puedo concebir la idea de que existan seres sobrenaturales rondando y matando a la gente por la noche en las calles… –el tono de voz iba apagándosele de a poco–: sin embargo… –se le anudó la garganta–, lo vi con mis propios ojos, olí su aliento, su boca llena de dientes, contemplé su cara diabólica; no, no tengo ya dudas de los relatos ofrecidos por los testigos que aseguraban haber visto a ese fenómeno atacar a las pobres víctimas –se le achinaron los ojos, la voz la lejana, perdida en sus pensamientos–. No me queda otra que reformular mis métodos de trabajo, echar por la borda mis investigaciones, mi hipótesis…

–Ya que lo dice –habló Scott–; me pregunto: ¿y yo qué tengo que ver con ese engendro? Me agredió en el hotel.

Baros se alzó del sillón.

–No lo sé –dijo, confundida, quitándose la chaqueta y sacándose el arnés de policía–, no lo sé –puso el arma en la mesa–. Pero usted y Emile eran muy amigos, ¿verdad?

–Por supuesto; charlábamos sobre nuestras vidas, nuestros descubrimientos en el laboratorio… Claro, todo por correo, por carta. Desde que abandonamos el MIT, no nos volvimos a ver las caras.

–Estoy confundida –dijo Baros–; no sé qué pensar ni a quién recurrir por consejo.

–¿Y qué hay de Popescu? –preguntó Scott–. Debe saber algo, podría ayudarle.

–No lo creo –le respondió inquieta, limpiándose la cara frente a un espejo–. Por otra parte, sepa algo o no, a mí no me importa, me da igual. Jamás me ha tendido una mano…

–Pero sí son compañeros de trabajo. No puedo creer que se traten así.

–Pues créalo, Scott… –dijo ella nada más.

–El Señor me perdone –dijo el pastor Faina–, pero si existe el Diablo, entonces existe la posibilidad de que ésta sea una criatura venida de los infiernos.

–Por Dios, pastor –exclamó Scott–, ¡qué cosas las que dice usted! ¡Cómo se le ocurre!

–Ciertamente Dios es un dios vivo, y su contraparte, el Maligno, también –le contestó cabalmente Faina–. He visto muchos casos de posesión demoníaca en los que los hijos de la oscuridad hacían levitar a sus víctimas, arrojar objetos de una esquina a la otra y transfigurarse en seres de materia ordinaria. ¿No cree usted en las Escrituras?

Scott calló, indignado.

–Dejando a un lado eso –dijo Baros, apretando los ojos–, me preocupa el hecho de que esa criatura haya querido matar al financiero Stefan; a mí me atacó por defenderlo a él.

–¿Y por qué habrá sido? –respondió Faina con una pregunta, como si le hubieran pedido consejo a él–. De mi parte, no tengo ni idea. ¡Sabrá Dios!

–Voy por un poco de rachiu –dijo Scott, enfilándose a la cocina.

–Lo acompaño –dijo Baros.

Se escuchó un golpeteo en la puerta de la trastienda. Ambos se detuvieron.

–Yo atiendo –dijo Faina.

–¡Pastor! –le gritó Baros, que aún temblaba, desde el resquicio de la cocina; temía la llegada de otra sorpresa.

Faina, sin pensar en nada malo, cogió el pomo, y lo giró; la puerta cedió. Scott se acercó a Baros con la botella en la mano.

–¡Oh, Dios! –exclamó Faina.

–¿Pastor Faina? –preguntó Baros, intrigada, dejando a Scott derramar el brandy al vacío, cogiendo la Beretta de la mesa.

–¡Oh Dios! –repitió el pastor Faina, pasmado–. ¡Popescu! Qué bueno que se haya aparecido. Pase, pase –lo animó–. ¡Es el agente Popescu! –le dijo a Baros sin saber que ella estaba atrás de su espalda con el arma desenfundada; la guardó, encrespada.

–Tengo que darle un recado a Baros –dijo Popescu, acompañado de un mujer atractiva.

Baros hizo a un lado a Faina. «Con permiso».

–El comisionado Maior desea hablar contigo mañana, en la oficina –añadió Popescu–. Yo creo que es para presentarte formalmente a los agentes extranjeros.

Baros asintió con la cabeza; le echó una mirada a la acompañante.

–A propósito –siguió–, escuché que tuviste una eventualidad en el Cementerio. ¿Te encuentras bien? Se hicieron varias denuncias en la Gendarmería.

–Ya hablaremos en la oficina –le dijo Baros, sucinta.

–¿No les gustaría beber un trago de rachiu? –les ofreció Scott, con una inocencia que desencajó el espíritu de Baros.

–Oh, no –le contestó Popescu, sonriente, tomando a la mujer por la cintura–. Me marcho. Gracias, pastor Faina. Qué tengan un buen día.


 


 

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