El espanto de Bucarest - Capítulo II - Rosa & Blue

Ante el éxito que hemos tenido con los relatos del escritor Valentino, la dirección del equipo de  CNI ha acordado celebrar un contrato para la publicación por entregas semanales de una de sus novelas de ciencia ficción, "El espanto de Bucarest", que se ha convertido en uno de los productos más frescos y originales de la literatura de ciencia ficción latinoamericana. En este segundo capítulo se narra la historia de dos agentes brillantes de la Interpol, quienes, debido a sus peculiares atributos, son transferidos a Europa, especialmente Rumania, para que investiguen sobre las muertes de científicos eminentes sin razón alguna.

El espanto de Bucarest - Capítulo II - Rosa & Blue
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Rosa & Blue

–Apuntes del diario de Rosa Reingold hallados en el Manuscrito del doctor Scott–

«Del Estrecho de Índigo a los mares de Ossián, sobre la arena rosa y naranja que ha lavado el cielo vinoso acaban de subir y de cruzarse bulevares de cristal habitados de inmediato por jóvenes familias pobres que se alimentan en las fruterías. Nada de riqueza. –¡La ciudad!»

–Arthur Rimbaud, Metropolitano, Iluminaciones.

 

[Nota del traductor: Aunque no me decidía por insertar estos apuntes que encontré en los papeles del doctor Fraiser, pues temía que la novela se viera afectada por cuestiones estéticas, tales como la asimetría estilística o la digresión literaria, me vi forzado a hacerlo por una razón: la formación sicológica de los personajes, que en el futuro serán relevantes para la estructuración del relato. Que conste.]

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3 de febrero de 1992. Bucarest, Rumania.

(Sucesos ocurridos el día 28 de enero en México, Distrito Federal).

¿Por qué las cosas tienen que ser como son? Sé que es una pregunta sin sentido, idiota, y que hay miles de razones para criticarla, pero aún así no dejo de hacérmela. Mis razones las tengo. Tenía seis meses de vivir en la ciudad de México, esa abrumadora metrópoli trazada en un mural de infinitos contrastes… Ay, no… se me quedan en la punta de la lengua las palabras idóneas que podrían describir fielmente a una ciudad tan… tan llena de paradojas… y de las más crueles y patéticas de la sociedad humana. ¿Por qué dónde, si no allí, podría encontrarme, en el mismo sitio, con un solitario Carlos Slim, uno de los hombres más ricos de Latinoamérica, al lado de millones de Juanes Pérez atribulados, quizá de los más pobres del planeta?, ¿o, (esto sí es tragicómico), ver correr por las calles a lujosos autos Bentley tratando de evadir Volkswagen destartalados que ya se caen a pedazos? ¿En qué otro lugar podría contemplar, si no allí, la absurdidad de mirar rascacielos tan colosales, como los de Nueva York, al lado de casuchas de hojalata? Nunca pude explicarme estos… ¿contrastes? (¡Dilo, dilo, no seas cobarde! Las palabras no se inventaron para encubrir la verdad sino para decirla; ¡dilo, dilo!). Está bien; debo ser precisa, y no ocultar lo que siento, lo que mi liliputiense raciocinio me impele a expresar: Nunca pude entender porque hay tanta desigualdad, expuesta al rojo vivo, si su gente es muy industriosa. Muchos culpan al gobierno, a sus funcionarios corruptos (yo misma he sido testigo de esto), a su supuesta mediocridad, pero a mí me parece que existe una razón más poderosa que la provoca, pero soy incapaz de definirla (en realidad sé definirla, pero creo que, como hacen los demás que lo saben mucho mejor que yo y que a fin de cuentas son los que sufren las consecuencias, y al parecer no les importa, no debo meterme en camisas de once varas; basta con decir desigualdad, y la expresión de esta definición se la dejo a los economistas y políticos, que son los que deben cuidar del bienestar del pueblo; yo soy una simple ciudadana, y extranjera, de remate; tampoco soy un Pilatos, no, no, cómo creen…). Por otro lado, nunca tuve motivos para quejarme de su gente; siempre fui tratada con cordialidad (fueron muy colaboradores conmigo); y gozan de un buen humor y doblesentido, que es imposible no sentir un afecto de familia por ellos. Y hoy, cuando estoy tan lejos y apenas puedo dormir, se me seca el alma… Gracias a Dios, guardo uno de sus tesoros conmigo: mi bello Atón Blue, el hombre que ha hecho de mi vida, y lo declaro sin ninguna duda, un paraíso colmado de sublimes momentos. ¡Ay! Pero no logro detener esas visiones grotescas de la ciudad que me acechan por las noches… nuestro trabajo como agentes en ella… y esta situación desconcertante por la que ahora estamos pasando… No hay nada perfecto en este mundo… quizá en el otro. Tengo mucho que apuntar en este diario, tanto que decirme para el futuro, que no sé por dónde empezar, pues las cosas se han sucedido unas a las otras sin orden ni concierto. Creo que precisamente de eso se trata la vida, de no saber lo que te depara el mañana, aunque creas que lo tienes todo bajo control. Se reciben a veces tantas buenas como malas noticias. Lo que escribo ahora, que anoté con una fecha adelantada, realmente lo viví siete días antes, ya que luego de los acontecimientos vividos, apenas tenía fuerzas para caminar. Sin embargo, haré lo posible por sincronizar las fechas. Y como ya días no escribía nada, algunas cosas las difuminó el recuerdo, tan lento en grabar y rápido en olvidar. Creo que empezaré por las buenas noticias, y dejaré que las malas surjan por sí mismas.

Intentaré rememorar mis últimos días en México, activos todavía en la memoria debido a la carga emocional. Cómo empezar sino con los pensamientos de Blue (mi bello, el que por cierto, había cumplido treinta tres añitos dos días antes), pensamientos que le recordaré con este registro cuando tenga los sesenta, ja, ja; ya puedo ver su cara arrugada apretando los ojos de censura; pues bien, esa mañana (debo aclararme que es la del 28) lo veía sentado sobre ese sillón escarlata que tantos recuerdos trae consigo a mi memoria, holgazaneado el muy tremendo, dichoso de la vida, como si estuviera feliz del orden de las cosas en el Universo, que cree perfecto (según acostumbra él a repetirme, y que yo sospecho no se trata más que de la influencia de las palabras de Newman y su Teoría de los Juegos que leyó no hace mucho) y retozando del gusto con un cigarrillo de menta ensartado en la boca, rascándose flojamente las rodillas, mientras yo me afanaba por darle los últimos retoques a una estatuilla de mármol (de un tiempo acá me he aficionado demasiado a este pasatiempo de la escultura). Para mí brillaba como esos bellos dionisios de la Antigüedad –y no dejaba de admirarlo, cosa que nunca puedo evitar–, extático, parapetado tras esos enormes cojines de terciopelo, hablándome de las cosas que a mí me encanta escuchar. Visto así de perfil, (amo su perfil aguileño) Blue me parecía una obra de arte que emergía limpia y pura, esplendente, del mismísimo corazón de una almeja acolchonada y recubierta de seda; desde lo alto del andamio, me daba la impresión de que se deslizaba silenciosa y gravemente a través del aroma desatado por las rosas y margaritas, las que cultivé con primor en el jardín interior que compartía junto al taller, en la mansión que la Agencia nos había alquilado en Ciudad Satélite, esa misma que fue erigida, según me dijo el de la inmobiliaria, por el gran Pani Darqui, genio monumental de la arquitectura, al poniente de la ciudad de México. Fue el único requisito que pedí para la adquisición de la casa, mandar a construir ese jardín, que sembré con las flores más bellas y delicadas, porque era la mejor forma de apreciar la belleza poética de mi semidiós y amante terrestre. Me daba gusto mirar a Blue prestar mucha atención a las punzadas del cincel y al poder de corrosión de la lima, ansioso por ver mi obra finalmente erigida. Ese es mi secreto placer de artista. Antes quise conversar cosas banales con él, para que no sintiera el paso del tiempo y no se exasperara durante la espera.

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–Será mi mayor contribución artística al mundo de la religión –le dije, apurada en pulir el frío mármol, que había importado de las canteras italianas; ya podía sentir, en mis manos, como el bloque de piedra caliza cobraba un impulso de vida, relieve y movimiento–. ¿Te gusta, querido? –le pregunté, sugerente, pasándome las muñecas por la frente empolvada–: Me parece un justo homenaje a mi Creador Supremo.

Blue se repantigó en el sofá, alisándose el cabello; pegó una chupada al cigarrillo, para luego ahogarlo en el cenicero. De fondo, se dejaba escuchar, perdida entre las plantas, las partes de una melodía: «Oye, mi amor,/ no me digas que no».

–¿Sabes qué es lo que se me viene a mientes, Rosa? –me respondió–. Así es, querida, al Mercurio forjado por el gran Giambologna, el fascinante maestro de las formas tenues y depuradas. ¿Te acuerdas de ese Hermes? Gira sobre sí mismo erizando su gracioso pero amenazante dedo índice al tiempo en que simula reposar, en puntillas de balletista y como si las rozara, su pie alado sobre ráfagas de viento. ¡Es esplendido! Mi pobre gusto artístico la considera una de las mejores esculturas de metal del arte moderno, de las mejores, y no cabe la menor duda, cielo, de que tú asentirás conmigo.

Blue pronunciaba, como suele hacer (y esta afectación se la he reprochado siempre), estas palabras con una estructurada cadencia, voz aflautada, sin poder enterarse de que él mismo se asemejaba a ese estándar de guapura clásica, aunque algo acrecentada por las trazas de belleza latinoamericana, que aflora en la rasgadura de sus ojos y la espesura de las cejas. Es un galán de pe a pa, joven, atento a la moda, culto y estilizado por otra pincelada de extravagancia que, si el tiempo se pudiera retroceder, antes daban por llamar «dandismo». No me canso de repetirlo, es un hombre sumamente bello, la envidia y el deseo consumado de cualquier mujer, un hibrido hijo de la emigración, nacido en Houston, Texas, de madre hondureña y padre estadounidense, de clase media alta. Se graduó en Cambridge como ingeniero en genética, formado por las mejores mentes de esa famosa escuela nacida en The Eagle Pub, donde Francis Crick y James Watson anunciaron al mundo que el secreto de la vida residía en una doble hélice genómica. Somos los dos tan diametralmente distintos. Yo, hija de mexicana y padre norteamericano de raíces alemanas, estoy acostumbrada a arañar a fin de mes los últimos centavos de mi quincena. Él, en cambio, posee una compañía de software bioinformático que lo convirtió en millonario a los pocos años, auxiliado por algunos empujoncitos de su padre, quien influyó para que sus amigos de la CIA le dieran la oportunidad de probar una de sus creaciones en las oficinas del departamento de policía local, el Codix Genetic 1.1, un decodificador genómico que sirve de secuenciador de ADN, y que tanta ayuda nos brinda en nuestras investigaciones. Por eso lo admiro, porque independientemente de la ayuda de su padre, ha logrado demostrar su valía como científico al revolucionar el mundo de la criminalística. De no haber sido por este su invento, ese magnífico identificador de criminales de última generación que trabaja hoy en conjunto con los sistemas de huella dactilar como herramienta de búsqueda y evidencia, jamás nos hubiéramos conocido. Dice que en ese entonces asombró a propios y extraños, permitiéndole ascender rápidamente dentro de la estructura como asesor de la CIA; esta fue su mejor recomendación para ser trasladado a la INTERPOL. Allí fue donde nos conocimos, donde… Lo vi por primera vez cuando venía de una tarea de campo, y… Fueron sus grandes ojos marrones los que me embrujaron… Y después de aquel encuentro, mi Blue ya no quiso ser asesor, y sin que me diera cuenta, al poco tiempo ya trabajaba conmigo como agente en las calles… ¡Qué soy el amor de su vida! Me encanta cuando me lo dice al oído, lamiéndome los bordes de la orejita… ¡Mi pareja bombacha!, qué cosas se te ocurren decir, mi cielo… No obstante esta felicidad, nuestro sentimiento, obligado por las circunstancias y la incomprensión, ha tenido que fluir por conductos clandestinos... ¡Estoy divagando mucho, y no habrá más páginas para anotar los momentos que he vivido con él! La plática era intrascendente, y sin embargo, al final de la misma, daría lugar un evento que…

–Sí, de esas que revolucionan al mundo –le respondí, ansiosa por ver su reacción, retomando el tema (ahora sé que no debí haberlo hecho).

–Fíjate, amor, que, hasta el sol de hoy, no he visto ninguna otra que haga tanta gala de fuerza, delicadeza y dinamismo, particularidades, creo yo, inusitadas para su período, y que derribaron todo un aparato de teorías y creencias ridículas, pero peligrosas, que la Iglesia, junto al Estado, y con su poder omnímodo, asentó en la mente de los hombres.

–¡Ay, querido, dejemos eso a un lado! –le contesté, perturbada por un tema escabroso que siempre evito tocar–. Es algo ya resabido; además, no quisiera amargarme la conciencia al recordar esos tiempos feudales, oscuros, en los que la vida de un hombre consistía en rendir culto y fidelidad al Gran Señor explotador de las tierras y los espíritus etéreos. Tiempos de miedo, humillación y vasallaje, donde se consideraba a las almas como un objeto cualquiera del que se podía hacer y disponer como quisiera. No, mejor no hablemos de eso, mi Blue.

–¡Pero es que Rose, querida, no te has dado cuenta de cuánto retrocedió el mundo en esos mil años! Hubo barbarie, hoguera, muertes monstruosas, vidas honradas miserablemente destruidas… –exclamó Blue, enervado; yo alcé las cejas, desatendiendo sus palabras, que me obligaban a desinteresarme de la conversación–. ¡Por eso bendigo al Renacimiento! –continuó Blue, queriendo ganar mi voluntad y fastidiarme, creo yo, a fin de cuentas.

–Recuerda que en aquellos días no existía la ética como ciencia. La religión era su única ciencia –le dije casi indiferente, para salir del paso. Blue siguió con su discursito:

–¡Ah, no, no, no me vengas con eso! ¡Y Aristóteles qué! ¡La Iglesia lo conocía mejor que cualquiera! ¡Ah, el poder y la ambición, querida, tientan más que el mismo diablo! Y ejemplos sobran por montones. ¿Sabes qué es lo más me molesta de la Iglesia? La hipocresía, la codicia, la manipulación sicológica, de la que no se arrepiente y que hundió pueblos enteros, incluyendo el de nuestros antepasados. Sólo imagina el dolor y la miseria que vivió en carne propia esa pobre gente, ¡sólo imagínatelo! No, no es posible olvidarlo con un silencio simulado. Ella debió rescatarlos espiritual y económicamente, y bien pudo hacerlo, porque en esos tiempos era la organización religiosa y financiera más poderosa del mundo; en cambio, los explotó, se aprovechó de ellos, y vistas las cosas hoy en día…, no cambia. Y nos condena a ti y a mí, Rose, ¡nos condena a los abismos! No, no me mires así, Rose. Escúchame.

Me detuve, mareada por una honda espiración.

–¿Y quienes tuvieron el valor de oponérsele? –preguntó inspirado–. Los hombres del Renacimiento. Les debemos mucho, Rose, mucho –moderó la voz–. Fueron los únicos que se atrevieron a desafiar esos dogmas esclavizadores; en forma solapada, es cierto, pero lo hicieron, y lograron romper los mitos creados en torno al genio creador, al que amenazaban con infierno, terror, violencia y muerte eterna. Los clérigos, con su escolasticismo, estigmatizaban cada nueva palabra e idea, acusándolas injustamente de ser nuevos pecados y herejías.  El renacentista, al contrario, restauró la filosofía antigua del verdadero gozo y entendimiento espiritual, aquella donde la exploración y reconocimiento de la belleza de nuestros cuerpos es la base para conocer el origen del Universo entero. ¡Enaltecieron la idea, y le dieron esos toques de perfección que son insuperables incluso en nuestros días! ¡Es más –yo dejé caer la cabeza en el pecho, hastiada–, es más, fueron sus ideas y obras las que ayudaron a cambiar inclusive todo un sistema económico: ¡el rígido y avasallante feudalismo fue convertido en el dinámico capitalismo burgués! ¡Y hubo guerras por esto! La Historia no miente.

–Sí, Blue, tienes toda la razón –le contesté, cansina–. Pero debes aceptar también que hubo clérigos tolerantes y que no participaron ni comulgaron con tales extremismos. Había incluso científicos entre ellos, como Galileo…

Despegué mis dedos del tabique nasal, que me picaba por el polvillo del mármol. Luego alcé la cabeza, y reanudé el trabajo, esmerándome por pulir los ásperos miembros de la escultura marmórea, sorda al discurso de Blue. De pronto, la lima resbaló de mis manos, pero Blue, ágil, corrió a recogerla.

–Corrígeme si me equivoco. –Blue estaba incontenible y yo, callada. –De no haber sido por esos hombres, hoy estarías esculpiendo una masa cuadrada por cabeza y un rectángulo por esqueleto, creyendo, además, ¡que la Luna es de queso o que la Tierra descansa sobre lomos de tortuga o bien que el señor cura Juan Rechoncho es tu dueño, señor y tu dios! –exclamó, mientras se recostaba en el sillón, ahogándose en sonoras carcajadas. A mí la ironía me cayó como una bomba a mi ego y, desviándome del tema, empecé a preguntarle acerca del virtuosismo de la obra–. ¿Estéticamente, me preguntas? Querida, ya he dicho que has esculpido con maestría; la pieza tiene proporción, simetría, ritmo, ¡por Dios!, todas esas cosas chocarreras que la mente de los genios sabe cómo aprovechar al transformar la materia bruta en una idea coherente y armónica. Me encanta, querida, me encanta. ¿Cómo la llamas?

–Te he advertido que tiene un ingrediente religioso… –titubeé.

–Ay, amor, no por nada me he lanzado un discurso en vano.

Nos echamos a reír.

–Bueno… la he llamado… «Ello, la Deidad Andrógina».

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–¡Caramba! –exclamó Blue–. Finalmente, por primera vez, he escuchado algo coherente con las leyes del mundo físico. ¡Genial, querida, genial! Una especie de ying yang humanizado, ¿eh? Muy acertado el título y, como te dije, muy coherente.

–Sí. Tal como ocurre en nuestro cambiante Cosmos. Ahora, mi querido Blue, quisiera que la contemplaras en todo su esplendor. Permíteme desvelarla por completo –y cogí una punta de la sábana que cubría la parte inferior del cuerpo.  

–A propósito del título –dijo Blue, ansioso por imbuirse en su retorica filosófica–. Si Dios fuera en verdad únicamente uno masculino, entonces cómo se le ocurrió crear a las mujeres… Me pregunto, ¿de dónde sacó la idea? Yo pienso que…

Pero fue interrumpido por una voz cantarina procedente del pasillo que conducía al taller.

–¡Órale, mi güera! –escuché desde el resquicio. Era Roger Almijar Hart que reía con esa ambigua y tranquila picardía mexicana. Ambos, Blue y yo enfocamos la mirada hacia la puerta y alargamos de oreja a oreja los labios al descubrirlo allí, recostado, muy fresco; Hart no supo advertir la presencia de Blue.

Almijar Hart ha sido siempre mi amigo, y lo conocí incluso antes que a Blue. Precisamente por él fue que pude llegar a México, pues ha sido mi enlace policial por años. Joven elegante, estaba vestido de negro riguroso, a lo Versace, como le dije en bromas un día, anillado los dedos y con una pulsera de plata colgándole de la muñeca izquierda, de la que pendía una medalla incrustada en oro con el grabado de la virgen de Guadalupe. La primera vez que lo vi fue en un cursillo de contrainteligencia dictado por la “Escuela de las Américas”, famosa institución especializada en la producción de dictadores y temible centro de formación ideológica capitalista que lucha por contener el avance de los movimientos de reivindicación social auspiciados por el comunismo en Latinoamérica. La presencia de Blue y la mía en el país se debía en realidad a un caso muy especial: la captura y extradición del capo Eulogio Méndez, alias «Pajarito».

–¡Ay, si ya siento que se me queman los chicharrones! –dijo el muy pícaro–. ¡No manches…! ¡Qué intelectual te ves subida en ese andamio! –se acercó, con los brazos abiertos; Blue carraspeó la garganta–. ¡Ah qué chingado! ¡Si es el güey de Blue! ¿Qué haces escondido en ese rincón, manito?

–Pues, viéndote, Hart –respondió; se levantó del sofá–. ¿Cómo estás, amigo? Veo que has estado muy metido en tu papel de narco callejero, eh; digo… Por la jerga…

–Je, je… ¡No mames, güey!

No pude contener las carcajadas.

–¡Ah, ta’ güeno, pues, ríanse! ¿A que no saben qué?

–¿Qué? –preguntamos Blue y yo a un tiempo, poniendo cara de desconcertados.

–Qué el güey va pa’ abajo…

–¿Te refieres a «Pajarito»?

–El mero mero, tumbado… ¡Rosa, bájate, que también a ti te interesa!

Bajé del andamio, pero durante la maniobra volví a dejar caer involuntariamente la lima y el cincel, provocando con ello un ruido agudo y estridente que se estrelló en los oídos de Blue. Percatándome del escándalo, abrí muchos los ojos, apenada y, titilando, me disculpé. Hart esta vez tomó un aire formal.

–Méndez» está por caer en la jaula –dijo acelerando el curso de las palabras–. Mañana irá a Iztacalco y los informes dicen que hará trámites de envío en una empresa de encargos ubicada en la calle Albano García, de la Colonia Viaducto Piedad, y que no es otra cosa que un centro de distribución de droga clandestino. Acabo de recibirlo, y como el asunto se complica por la orden de extradición gringa, pues salí corriendo de la oficina para avisarte.

Célebre mula del narcotráfico, Eulogio Méndez era el responsable del trasiego de miles de toneladas de cocaína hacia los Estados Unidos, en donde se le había formulado orden de arresto por tráfico de estupefacientes, sustancias prohibidas y sicariato. ¿Por qué existía este tipo de gentes? ¿Sería acaso por qué habían nacido ya con vocación criminal? Je, je… Méndez era originario de Sinaloa, una de las regiones más pobres de México. Siendo sincera, debo admitir que veo en él al típico latinoamericano: a un niño mal criado en el seno de una familia pobre, rebelándose contra la miseria, la pésima educación pública (que había afectado también la cabeza de las generaciones anteriores a él) y el cínico desinterés estatal, y que lo habían condenado, como a muchos otros, a sobrevivir en aquel mundo del «sálvese el que pueda». Y esto lo deduzco de mis estudios en criminología; por ellos sé que, como todas las grandes mentes criminales, Méndez era inteligente, ambicioso y, por estúpido que parezca, honrado. Mas estas virtudes no bastaron en su mundo, especialmente en el laboral, donde seguro le habrían negado un empleo bien remunerado debido a su poca instrucción académica. Acosado, se habría dedicado a la venta de achinería y otros menudencias, que pronto le fue negada también a falta de un permiso municipal, y ya luego se vería en la penosa encrucijada de robar para vivir. Fue entonces cuando sus amigos del barrio lo habrían socorrido. El trabajo es de puro mamey, brody, le habrían dicho. Te subes a un micro con una maletincito, te bajas en la estación del DF, y dejas el encargo en casa del guey Guzmán, y ahí nomás te suelta el cabrón mil dólares por el acarreo; no manches, guey, está refacilito. Su primera buena paga. Chales, se habría dicho, no me explico porque no lo hice antes. Si aquí la cosa está buena. Y era cierto. Y lo que no me explico es cómo un país de cien millones de almas –de las cuales ochenta por ciento vive miserablemente (aunque el Gobierno exclama orgulloso que es sólo el cincuenta), un nueve en condiciones de clase media baja y tan sólo un uno por ciento concentra casi toda la riqueza nacional–, no se ha pasado entera al narcotráfico, si con él la riqueza fluye a borbotones. Total, para una ocurrencia (la más cruel de todas: vivir oprimido por un grupo económico voraz), otra. Y Pajarito no dejaría de ser arrastrado por la desesperación: escurridizo como ninguno, muchos años después sus hazañas serían comparadas con las del finado Escobar, a quien se asemejaba físicamente; sin embargo, eran sus dotes de escapista los que fascinaban a sus perseguidores. De ahí el apodo.

Durante meses, en colaboración con otros carteles rivales, varias de sus intimidades salieron a flote, y la policía antinarcóticos había preparado un perfil muy exacto de su vida. Conocían a la perfección sus métodos de trabajo y a los hombres que ocupaban los puestos claves en el cártel. Uno de ellos, Fernando Gutiérrez, «el Gavilán», el delegado en ejecutar las órdenes, era conocido por su gusto sanguinario y por ser enemigo jurado de los «Aleros», primer máquina del sicariato fabricada en México y la más poderosa. Hart mismo había estado involucrado en los trabajos de campo, creando para ello una red intrincada de contactos. De más está decir que si fallaba esta vez en la captura de Eulogio, al día siguiente lo encontrarían decapitado en los potreros de alguna escuela. Se estaba jugando la vida.

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 –¿Quién es el encargado de la operación? –preguntó Blue, calmado, pero presintiendo en el fondo la llegada de una mala noticia.

–El coronel Joaquín Almeida –contestó Hart; Blue se llevó la mano a la frente–. Escucha, Blue, esta vez no fallaremos; tú sabes que me ha llevado meses calcular sus pasos… –al decir esto, Hart se compenetraba en la figura de Méndez con un atisbo cercano a la clarividencia–. ¡Y mañana no se me irá de las manos! Se desplegará el comando antidroga, la DEA, la cerca policial y algunos elementos del Ejército.

»Para cuando nosotros lleguemos, «Pajarito» estará cogido en la mano. Estoy aquí para que ustedes hagan los trámites de extradición.

–No te comas las naranjas antes de pelarlas, Hart –le reconvino Blue, que ya ponía un pie fuera del taller, rumbo al dormitorio–. Mendez es astuto, como un cuervo, y sabrá cómo eludir la cerca. Hay algo también que no cuadra. Así que lo mejor es que nos preparemos enseguida. ¡Ven, Rose, deja eso!… Alista el equipo.

–Confío en el buen juicio del coronel Almeida –lo contradijo, muy tácito.

–Yo también –repuso Blue, retomando el paso–. Precisamente es a ese juicio lo que más temo, amigo Hart.

–¡Aguarda, Blue! –le pidió, aunque algo áspero–. Este sobre me llegó en la mañana. Viene con membrete de la Interpol. Te lo dirigieron a ti.

Se lo extendió. Blue lo tomó y, sin abrirlo, se lo metió en uno de los bolsillos. «No sigamos perdiendo más tiempo aquí», dijo, y se perdió en la largura del pasillo.

Yo, sin embargo, no quise dejar las cosas del taller en desorden, y Hart, al verme en la labor, se aproximó. Percibió por vez primera el fulgor de la escultura en sus pupilas.

–Oye –dijo, asombrado, dirigiéndoseme–, ¿tú la hiciste? Parece un ángel.

–Sí –le respondí con parquedad, por la premura.

–Pero… ¿Es hombre o mujer?

–Cómo te explico… –articulé, sin ánimos de entrar en debate, que no creía conveniente dadas las circunstancias; además, advertí las oscilaciones de la medallita guadalupana en su muñeca; no, no me entendería.

Blue apareció en la puerta con el sobrecejo arrugado. Me hizo una seña enojosa y corrí a prepararme para la cacería, dejando con la duda a Hart.

–Voy a explicártelo después de apresar a «Pajarito» –le grité desde el corredor–. ¿Vale?

Éste se encogió de hombros, sobándose la cabeza.

–¡Ah, qué chingados gringos éstos! –exclamó, y salió a prisas del taller.

 

(Sucesos ocurridos el día 29 de enero.)

El día señalado. Salimos. Hart, que conocía muy bien la ciudad, conducía el auto y, habiendo dado vueltas por el circuito y salido por la Torre Satélite, tomó la vía ampliada del Paseo de La Reforma, dobló hacia la derecha, luego a la izquierda y pronto nos perdimos rumbo a Iztacalco. No hay que insistir en que los nervios iban de punta, a pesar de los años. Cosa curiosa. Siempre ocurre, y he escuchado decir que también les pasa hasta a los artistas más experimentados antes de abrir el telón. Para mí es una realidad palpitante. Pues, bien, luego del largo trayecto, llegamos a la colonia Viaducto Piedad, y pronto Blue divisó a lo lejos al encargado y comandante de las fuerzas especiales, el coronel de policía Joaquín Almeida, comisionado de la SIEDO, que se atrincheraba al borde de una pared de esquina, una cuadra atrás de la zona de operaciones; los galones del uniforme le daban un aspecto distinguido, aunque la torcedura en la boca indicaba que era un hombre malhablado. El pasamontañas militar a medio doblar en la frente le daba un aspecto todavía más fiero. Blue intuyó con quién habría de tenérselas.

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–Buenos días, coronel –lo saludó, sin levantar la mano, pues no vestía de uniforme.

–Buenas –contestó el coronel, incomodado, inclinando nada más la cabeza; tenía un mal carácter, inamistoso, muy comentado en la ciudad y que lo traicionaba ante sus subalternos–. Voy a ser sincero con ustedes dos –agregó sin tapujos–: No me caen bien, especialmente usted, agente Rosa Duarte –e hizo una mueca de asco, montando en cólera gradualmente–; y ya sabe por qué; no necesito decírselo –me quedé tiesa por la sorpresa, y eché una mirada a Blue–. ¡Así que déjese de mariconadas conmigo! ¡Me encabrona que usted y su afeminamiento desacrediten el buen nombre de nuestra policía! Este es un país de hombres bien machos, y reportajes como el del Excelsior, que lo presenta a usted como un héroe, son indignantes. Sí, ya sé que ese diario está lleno de maricas, pero no hay derecho para que se atrevan a ensuciar mi honor. ¡Un héroe! ¡Un gay que hace historia en la vida nacional mexicana! ¿Sabe usted que todo el mundo se ríe de nosotros y que dicen por allí los muy desgraciados que todos en la policía somos una bola de maricones? ¡No, no, no puedo tolerar su presencia, agente, me da usted asco! Si no fuera porque vienen ustedes de parte de la Interpol, ya días los hubiera…

–Con su permiso, coronel –irrumpió Blue, contrariado por el recibimient–. ¿Puedo preguntarle una cosa? –Almeida se hizo el sordo–. ¿Qué tiene que ver la orientación sexual de mi compañero con el desempeño de su trabajo? A mí me parece que asume usted una posición inconsecuente con su instrucción policial, ya que nadie aquí, ni fuera de la institución, cree que la homosexualidad del agente Rosa afecte el funcionamiento de su departamento. Además, ¿por qué habría de hacerlo? Mezcla, usted coronel, tabúes del pasado con las circunstancias del presente. Nada tiene que ver la orientación de mi compañero con los problemas que usted le atañe. Su orientación, sexual, es eso, una orientación sin ningún perjuicio ideológico, político o económico. ¿Cuál es el problema? Es una vocación como muchas otras en la vida; la suya, por ejemplo –Almeida encaró esta vez a Blue–, es una vocación militar, a la que, estoy más que seguro, le disgustaría perderse entre balances y cuentas de contador o banquero. ¿Le molestan también los banqueros y contadores, coronel?

A Almeida se le saltaban los ojos de cólera; parecía balbucear frases incoherentes, pero yo le salí al paso:

–Soy gay –dije lo más naturalmente posible–, y no me avergüenzo. ¿Se avergüenza usted de su masculinidad y profesión, coronel? –Éste taconeó las botas, reafirmándose. –¿No? Tampoco yo; siento en el alma que mi sola presencia le desagrade, pero deberá aprender a lidiar con ella, como he lidiado yo con la de los demás durante toda mi vida. Cada quien está obligado a cargar su cruz; la mía no ha sido otra cosa que la discriminación.  

Un camarón no se habría puesto tan rojo como el coronel, que no admitía comparaciones de ningún tipo, peor de las que lo podrían relacionar con la homosexualidad. «Maricas malditos», murmuró, «ante los ojos de Dios son abominables».

–¿Perdón? –lo interpeló Blue, que había alcanzado a escuchar los murmullos–. ¿Qué clase de cristiano es usted que desea el tormento de su prójimo? ¿Católico o protestante? ¡Ah, ya entiendo! –exclamó con leve ironía–. Veamos, ¿es usted de los que nunca ha leído la Biblia o de los que la leen y citan por conveniencia? Confiésese usted, coronel, sin miedos y rencores. Pero no importa, no importa; como sea, imagino que si alguna vez la ha leído al menos aprendió de ella, o escuchó de la boca del cura, que todas las almas pertenecen a Dios y que sólo Él puede arrogarse el derecho de juzgar a los hombres por sus acciones. Así que no juegue con su salvación, coronel, fiándose de su propio juicio, ya que puede aparecer ante los ojos de Dios como un hipócrita abominable. Cuide su alma; a ninguno nos gustaría que, por una postura plagada de ignorancia, vaya a usted a quemarse en las llamas del Infierno.

–¡Maricón insolente! –le gritó Almeida en la cara, arrancándose el pasamontañas negro de la cabeza, que arrojó cerca de un poste de tendido eléctrico, abalanzándose contra Blue.

Pero entonces nos interrumpió una serie de disparos acompañados del ay de un hombre; luego era la voz de Hart pidiendo refuerzos. De pronto se desarrolló ante nosotros un espectáculo caótico. Los sicarios de «Pajarito», que aparecieron sabe Dios de dónde, acometían a los hombres de Almeida, que los había organizado en tres grupos: la vanguardia, compuesta por el comando especial antidroga; el centro, con elementos del Ejército; y la retaguardia, donde se hallaba el coronel, los agentes de investigación antinarcóticos nacionales y de la DEA, las unidades blindadas y los efectivos de la policía. Este cuerpo compacto tenía como radio de acción la larga y estrecha calle Albano García –antiguo emplazamiento de vendedores ambulantes que tuvo su auge económico en los años 80`s; hoy en decadencia–, colmada ahora de edificios comerciales pesimamente planificados y construidos, lo que le daba un aspecto pobre y vulgar; a mitad de la calle, sobresalía por entre los demás un gran rótulo, al parecer pintado a mano, que decía: «ENVIOSA, Fletes al mundo entero», y debajo de éste, con las puertas abiertas, estaba ubicado un local derruido donde, según creían los agentes de la sección antidrogas, estaría escondido «Pajarito». Hart, a quien la presión del evento abrumaba, dejándonos abandonados y rompiendo la cerca policial, se había internado, sólo e imprudentemente, a la línea de fuego, y no fue recibido precisamente con beneplácito.

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–¡Por acá, por acá! –gritaba, abatido, la pierna herida, sangrante–. ¡Se escapa calle arriba! ¡Por la avenida Coruña! ¡Persíganlo!

–¡Imbécil! –exclamó el coronel al escuchar aquella voz de aviso, dando patadas al poste–. ¡Perdido! ¡Todo perdido por ese marica! Voy a poner la queja a la Secretaría de Seguridad Pública. ¡Disparen, idiotas!

Yo había desenfundado mi Glock 9M, que acerrojé en el acto, y corrí tras los gritos de Hart; lo encontré tendido atrás de un Mercedes, y me arrodillé para levantarlo.

–¡Hart, Hart! –lo llamé–. ¿Estás bien? ¿Qué fue lo que pasó?

–Un poco mareado –me contestó, exangüe–. Tal parece que he metido las patas, pero no, Rosa, no… Vi cuando «Pajarito» y sus hombres se escabullían, y yo no podía darme ese lujo…; tenía que detenerlo, ¿me entiendes? –y cogido por la ansiedad, gritó–. ¡Se escapa, Rosa, y lleva una escolta! ¡El de bigotes, es el que lleva bigotes!

Le eché el brazo por debajo del hombro; una brisa me acarició las mejillas, y sentí luego como si el pelo se me estuviera chamuscando. Comprobé, horrorizada, que las balas me habían pasado rozando, y que éstas iban a estrellarse contra las paredes de un edificio amarillo, perforándolas.

–¡Dios mío! –exclamé, trepidando entera, girando la cabeza de un lado a otro en busca de refugio–. ¡Salgamos de aquí, Hart! –lo apuré, echándomelo en la espalda–. ¡Rápido, rápido!

–Cúbrete tú, ¡cúbrete! –me arengaba, oponiéndose a abandonar el sitio, picado por la facilidad con que lo habían atacado los sicarios; mas al verse desvalido en medio del tiroteo, me gritó–: ¿Y Blue? ¿Dónde está Blue?

Blue, en cambio, estudiaba el plan de acción del coronel Almeida, quien había desplegado a los elementos del ejército, apoderándose por completo de la vía y respondiendo a locas el fuego de los esbirros, que escapaban, repeliéndolos, cerca ya de la bocacalle, donde una flota de carros blindados los esperaba tranquilamente. Al contrario de éstos, los automóviles estacionados en ambas aceras a lo largo de la calle, que Almeida creyó utilizar como trincheras para sus hombres, no paraban de estremecerse de aquí para allá, aventando cristales rotos en mil pedazos y expulsando con violencia el aire de los neumáticos, que golpeaban y rayaban el rostro de los comandos, los primeros en adelantarse. Uno tras otro caían desesperados por la confusión. Estaba claro que Almeida era un mal estratega, cuando en realidad, para lograr la captura, debió haber enviado agentes encubiertos como paisanos, cosa sencilla que se hallaba muy lejos de la parafernalia castrense ostentada por el coronel.

Así, los hombres de «Pajarito», algunos subiendo ya los autos blindados y otros ocultos en posiciones bien estudiadas, en vez de disparar a mansalva, atacaban blancos específicos y definidos. Los comandos fueron los primeros en caer en las garras del cuervo por culpa de la torpeza de su jefe en mando.

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A mí una bala certera me derribó de presto, pero el chaleco antibalas salvó mi vida. Me reincorporé, ardida, con mi amigo en lomos, luchando por evadir el plomo, y busqué refugio en una maltrecha tienda de abarrotes, cuyo dueño, no por egoísmo, creía yo, sino por el terror, acrecentado por la bullaranga, nos negaba la entrada.

–¡Cerrado! ¡Cerrado! –me decía en señas el tendero bajando la cortina de metal.

Un proyectil rebotó en uno de los barrotes de la puerta anterior al cortinón. El hombre tembló de espanto y tuve que agachar la cabeza para no recibir el impacto.

–¡Espere! ¡Deténgase! –le grité enfurecida, indignada, apuntándolo con el arma automática, entreviendo la sordera simulada del tendero que se apresuraba a cerrar la cortina–. ¡Agente de la Interpol! ¡Agente de la Interpol! –exclamé, sacándome la credencial y mostrándosela al hombre. Éste, llorando, se pasó el delantal por la cara, resistiéndose todavía–. Si se atreve usted a negarnos la entrada –le dije– o si tan sólo se le llegara a cruzar por la mente, señor, pues sepa que los tribunales de justicia no le tendrán piedad por obstruir la actuación de uno de sus agentes; se arrepentirá entonces, luego de pasar muchos años metido en la cárcel. ¡Me oye, usted! ¡Levante esa cortina!

El tendero, nervioso, obedeció. Hart, lisiado, no dejaba de delirar.

–¡Hay que atrapar al maldito cuervo! –balbuceaba, perdiendo sangre–. ¡No llegaremos a tener otra oportunidad…!

–Lo atraparemos –le dije, consolándolo; llamé al tendero, a quien pedí sanar al herido–; lo atraparemos, Hart. Te lo juro –y diciendo estas palabras, salí corriendo del establecimiento.

Alargaba el paso lo más que podía, ansiosa por alcanzar al ejército, que ya había ganado tres cuartos de la calle, cuando me topé con un soldado que venía en dirección contraria. Lo detuve. Parecía bastante agitado, y temblaba de forma algo absurda. Tenía algunas partes del uniforme perforadas, y no paraba de limpiarlo y ajustárselo al cuerpo. Molesta por lo que creí un acto de cobardía en pleno combate, lo interrogué:

–¿Qué pasa? ¿Por qué te vuelves? ¿Han atrapado al «Pajarito»?

–No –respondió el otro, rehuyéndome la mirada–. Voy a avisarle al coronel que él escapó subido en una limusina.

– ¿Qué? –exclamé, aturdida–. ¿Escapó? ¿Quién te ha dicho semejante estupidez?

–Uno del comando que quedó medio vivo –contestó, dilatando los labios–. Dijo que «Pajarito» es un hombre muy listo y que era imposible atraparlo.

Me enfurecí. Pero el soldado tenía razón. Eulogio Méndez volvía a ganarnos la partida. Reventaba de frustración.

–¡No le da vergüenza que un sólo hombre lo haga pasar como tonto ante sus superiores! ¡Dios mío, había un ejército entero persiguiéndolo!

El soldado hizo una mueca de indiferencia.

–Ya le dije que es un hombre muy listo, agente –dijo con los ojos brillantes–. ¡Y yo no tengo la culpa de que el coronel sea pendejo!

–Escuche –le dije, conteniendo la rabia–. En aquella tienda de abarrotes hay un hombre herido; vaya y dígale al coronel que necesita una ambulancia enseguida. ¡Pero hágalo ahora!

El soldado salió en dirección a las unidades blindadas que avanzaban por en medio de la calle. Lo dejé ir, creyendo que iría a entrevistarse con Almeida, y seguí tras los hombres del ejército.

Pero me llevé una gran sorpresa: Los milicianos, dejando ya de luchar, volvían sobre sus pasos, gritando: «¡A las unidades blindadas, a las unidades! ¡Van hacia el norte!». Aquello hacía honor a las palabras del soldadito, y comprobé que Eulogio Méndez había escapado subido en la limusina. Había que ver que este «Pajarito» era arrogante. Arrastrada casi por la avalancha que me caía encima, opté por unírmeles. «Hart», pensé. «Hay que llevarlo al Hospital».

Éste, en tanto, como me dijo después, se desangraba y empezaba a respirar débilmente. Sentía la garganta seca, y pidió a gritos agua al tendero.

–¡Agua, agua! ¡Consígueme un poco de agua!

El tendero, que se había quedado en la puerta, sonreía, viendo correr a los hombres. Caminó hacia uno de los estantes y regresó con una escopeta en la mano. Lo apuntó.

–Chales, brody, ¿no eres tú el güey de Roger Almijar? –dijo rechinando los dientes–. El culero amigo de los Aleros.

Entonces Hart lo reconoció: era «el Gavilán».

–Gutiérrez –balbuceó, buscándose el arma en las bolsas del pantalón, pero en vano. Vacía. Alzando una mano, esperó tranquilo a que las balas le dieran en la frente.

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Me replegaba junto al ejército, con la idea fija de auxiliar a Hart, y me dirigí a la tienda. Veía a Blue, al lado de Almeida, que me observaba mezclada entre el gentío. Al distinguirme a lo lejos, sana y salva, suspiró, aunque molesto por la ineptitud del coronel. En eso vio pasar al soldado que había hablado conmigo y lo llamó.

–¿Qué ocurre? –le preguntó.

–«Pajarito» –dijo casi con satisfacción–, «Pajarito» escapó.

Almeida lo maldijo.

–No te muevas –le ordenó Blue.

–Pintaron llantas hacia el sur, señor –añadió el soldado–. Son tres grupos, pero sólo uno de ellos va hacia el sur.

–¡Rosa! –gritó Blue–. ¿Dónde está Hart?

Apenas podía escucharlo, ya que el aquelarre de las unidades blindadas y los gritos de los hombres en retirada apagaban mi voz. Me detuve en las puertas del negocio y, apuntando el arma, ingresé. Entonces vi al tendero con el cañón de la escopeta en la boca de Hart, y disparé, pero…sólo alcancé a escuchar los ecos repetidos de munición, golpeándome.

–¡Dios mío, Rosa! –gritó Blue; dio grandes zancadas por la calle, temblorosas las piernas del terror.

Podía verlo correr, angustiado y atónito, mientras salía aventada por las puertas, abatida sobre el pavimento.   

Venía enloquecido, llorando, jadeante, con el arma desenfundada. Llegó, pude sentirlo, derramando lágrimas, mojándome las mejillas. Me cogió en sus brazos, dándome besitos en los ojos y por toda la cara. Luego empezó a quitarme las ropas que me ceñían, y dejé que dijera las cosas que con tanta ansiedad espero escuchar de sus labios y que otros tomarían por cursis debido a su falta de inteligencia emocional, pero que para mí fueron vitales, atollada como estaba en el pozo de la penuria y la muerte: «Rosa», dijo en susurros, embargado, «no te vayas, no me abandones, que yo te amo».  

–No me iré, amor… –le susurré también al oído–. El chaleco…

Se sobresaltó. Mas al verme que alzaba los párpados, con una leve risita, empezó a reír como loco. Reía de felicidad. «¡Estás viva!». Y me dio un gran abrazo.

–Ve por Hart –le dije–. Está muy herido.

Encontró a Hart rezándole a la virgencita, imbuido en una laguna de sangre. A un lado, boca arriba, reposaba el cuerpo de Gutiérrez, acribillado.

Sin embargo, «Pajarito» había hecho justicia a su apodo, eludiendo magistralmente la operación. Era inatrapable. Habría que esperar ahora las consecuencias de este acontecimiento. Blue pensaba que la vida de Hart, salvada apenas de las garras del cuervo, todavía pendía de un hilo. Salió de la abarrotería con Hart a cuestas; me levanté para ayudarlos. Cuando volvimos la vista hacia Almeida, éste había desaparecido, junto a sus hombres; de seguro se había enfrascado en la persecución de Eulogio Méndez. Todo había ocurrido tan rápido… La operación había sido un rotundo fracaso…

 

(Continuación de los sucesos ocurridos el día 29 de enero, luego de un break para descansar la mano).

 Te doy y te quito. Es lo que parece comunicarme el destino. Sí, tal vez suene trágica, confusa, pero hay que ver dónde me encuentro hoy, tan lejos del hogar que con tanta alegría regocijó mi corazón. Me parece todo un sueño y una pesadilla a la vez. Y hoy, aquí sentada en esta habitación tan extraña, y luego de haber vivido unos acontecimientos tan increíbles… ¡Ni siquiera sé si soy yo, Rosa, un gay que sueña que es una mariposa, o si soy una mariposa que sueña que es Rosa! Retomaré mi escrito donde lo dejé hace poco, después de haberme tomado un suspiro, que no había podido continuar por la remembranza de algunas palabras que me harán sufrir por siempre… ¡Ay, duele tanto! Duele cuando lo que amas, lo que aprecias te apuñala… y no digamos cuando se trata del desprecio de un amigo… Pero no debo juzgarlo… ¡Él también sufre por la incomprensión! Ahora estoy aquí, enfrentándome a algo casi inexplicable… Pero he de volver al día de la operación, que creíamos fracasada, antes de que se pierda en la nubosidad de los recuerdos…

Regresábamos con Hart, herido, al auto, convencidos de nuestro planchazo, de nuestra ineptitud como agentes, cuando, ¡cosa extraña!, vimos a aquel mismo soldadito, parado en la esquina, fumándose tranquilamente un cigarrillo. Blue se detuvo.

–¡Hey, tú, soldado! ¿Por qué no estás con los de tu unidad? –le preguntó, sorprendido.

–El coronel Almeida me pidió que los esperara a ustedes –le respondió muy calmado.

Nos vimos a los ojos. Se le ocurrió una idea a Blue. Este soldadito, que fue el primero en avisar a Almeida lo del escape, sabría más que ningún otro la dirección que Eulogio habría tomado. Blue no estaba equivocado del todo en sus suposiciones, pues intuía, además, que Méndez, con la división de sus hombres, le hacía la tonta al coronel. Este soldado, por tanto, al ser el primero, habría visto cuál era el verdadero grupo que llevaba consigo a Eulogio, escondiéndolo. Pero no quiso alarmarlo.

–Súbete –le dijo Blue–. Vamos a la Delegación.

El hombre, que hasta entonces había estado sereno, echó a correr de repente, alejándose de nosotros, y en el acto dejó caer la gorra que descubrió ante nosotros unos rizos negros al aire.

–¡Es él! –grité, segura de haberlo reconocido–. Persíguelo. ¡Sal, sal, atrápalo!

–¿Él? –preguntó Blue, desorientado.

–¡Sí! –le insté empujándolo–: ¡«Pajarito» Méndez!

Efectivamente, era Eulogio Méndez camuflado de miliciano. Blue, al escuchar el nombre, como un resorte, saltó del auto y se precipitó por coger a su presa; sin embargo, andando unos cuantos pasos, quedó helado por las detonaciones que resonaron justamente atrás de su espalda. Frenado, giró la cabeza lentamente a la altura del hombro. Me vio apostada, los ojos entornados y la cara desdibujada por un gesto de rabia repentino, apuntándole con la pistola. Yo había disparado. «¿Fuiste tú?», me preguntó, cabizbajo.

–Para un cuervo astuto, la vista depredadora de un águila –le contesté.

Metros adelante, abatido, encima de unos recipientes de basura volcados sobre la acera, yacía muerto «Pajarito». En el auto, Hart lloraba de alegría. Estaba a salvo.

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Sólo puedo calificar este hito en nuestra profesión como maravilloso (todavía me late el corazón al recordarlo). La satisfacción de haber hecho bien el trabajo era inconmensurable. ¡Qué delicia la que se siente el ser útil a la sociedad! Y no obstante… cuando de prejuicios se trata, al parecer ninguna utilidad sirve para aliviar el menosprecio…

Al día siguiente aparecían grandes titulares en los periódicos: «¡QUÉ DICHA LA DE SER GAY!, “Pajarito”Méndez, jefe del Cártel del Centro, muere atrapado entre plumas rosas», «¡JUSTICIA A LO CUILONI1!, Eulogio Méndez cae abatido por manos gays justicieras», «OPERACIÓN VIOLETA: ROSA & BLUE. Íconos de la eficiencia policial y la modernidad», y otros por el estilo.

Blue, en la cama, leía tranquilo uno de los diarios, riendo por la ocurrencia de los editores. Se había arropado con el edredón, y esperaba a que yo le sirviera el café en una tacita que había comprado en un viaje a las Guyanas. Finalmente las cosas nos habían salido a la perfección, y gozábamos ya de una felicidad sin límites. ¿Qué más nos hacía falta? Teníamos dinero, amor, y, sobretodo, fama.

–Aquí tienes el café, querido –le alcancé la bandeja de plata–. Está caliente; cuidado.

–Gracias. –Me pasó el diario. –Lee, amor; ya verás que divertido.

–No –le contesté, agarrándolo pero sin abrirlo–. Estoy muy ocupada; además casi no acostumbro a leerlos.

 –Pero hay que informarse. –Blue se acomodó en el respaldar. –Ya ves que hay que estar con los tiempos… Me parece que es imprescindible.

–Lo sé; prefiero el Internet, que tiene información más variada.

Blue dio un largo sorbo al café; echó a reír de repente.

–¿De qué te ríes? –pregunté, curiosa.

–¡Oh, de nada, de nada! –dijo Blue atragantándose–. Bueno, sí… Me río del coronel Almeida. ¿Te imaginas la cara que pondrá al leer estos titulares? ¡De risa, querida, de risa!

Sonó el timbre de la puerta.

–Atiéndelo tú –pidió Blue–, que yo me visto una vez que me haya tomado el café.

Salí del dormitorio, y al poco rato volví con un Hart en muletas.

–¡Pero, Hart! –exclamó Blue, sorprendido–. ¡Tú aquí! ¡Ve a descansar, hombre, ve a descansar que esa pierna no se ve buena!

Hart jaló una silla; tomó asiento en la salita de la habitación. Metió las manos en el bolsillo y sacó un sobre.

–Lo olvidaste en el auto –le dijo y se lo aventó. –Gracias –dijo Blue–. Se me habrá caído por accidente –lo colocó al lado de la almohada. –¿Quieres una taza de café, Hart? –le ofrecí, vertiéndolo ya–. Está muy bueno, ¿cierto, Blue?

–Sí, sí, muy bueno –me secundó.

Le entregué un periódico a Hart.

–La gente se ha vuelto loca –dijo Blue, riendo, señalándole las noticias.

–Sí –respondió Hart, hosco–. Detesto cuando se comportan como unos idiotas. Hoy, en camino, bajando por el Viaducto, dos señores me hicieron señas raras, con los ojos. ¡Imbéciles!

–No me digas –prorrumpió Blue; con ingenuidad agregó–: A poco creen que tú también eres gay. Ja, ja…

–No le veo el lado gracioso, Blue –repuso el otro, enrojecido–. Por primera vez en la vida sentí vergüenza de que me asociaran con ustedes.

Quedé petrificada. Blue se quemó los labios con el café.

–Pero Hart, querido…

–Me molesta –siguió–, me molesta mucho que la gente piense de mí que soy un ser depravado y perverso, un condenado a las tinieblas.

–Míranos –le dije en ruegos–. ¿Crees tú que somos gente depravada y diabólica? Hart…

–La Iglesia, la gente, todo mundo dice que lo de ustedes es antinatural, y yo no me atrevo a negarlo. ¡Cómo podría!

Rompí a gimotear.

–No… –le contesté, apenas podía articular las palabras–, no, Hart. Antinatural es matar a tu prójimo por racismo, por dinero, por poder… Eso es antinatural.

–¡La Biblia dice que Dios hizo al hombre para la mujer y a la mujer para el hombre! –exclamó Hart, indignado de súbito.  

Aunque éramos muy amigos, entonces entendí que Hart nunca había convivido con nosotros, ya que habíamos cultivado nuestra amistad más por carta. Y ahora, la realidad afloraba a borbotones, en la calle, en la comisaría, en todos lados.

–Sí, es cierto –le dije–. Pero en cosas del amor no hay tales máximas.

–¿El amor? –volvió a exclamar con fuerza–. ¿Qué sabes tú del amor? Eres un hombre que se cree mujer, ¡cuando en realidad no lo eres!

–Hart… –Fue un golpe duro al corazón. –Te confundes. Yo no soy mujer, ni hombre tampoco. Soy gay, ¿entiendes?, ¡gay! ¡Otro género! –dicho esto, corrí fuera del dormitorio.

Hart quiso levantarse, apoyándose en las muletas, pero vaciló.

–Quédate un poco más –le pidió Blue, que había roto el sobre , y leía la carta.

Hart recogió las maletas hacia el frente y reposó la cabeza sobre la fría madera.

–Rosa tiene razón –dijo Blue, tranquilo–. ¿Sabes tú algo de biología? –le preguntó.

–No.

–Entonces déjame explicarte algo.

Blue se levantó de la cama, caminó hacia un anaquel, cogió dos libros, «Selección Social. Joan Roughgarden, Universidad de Stanford», «Wikipedia’s Book», y abrió cada una de sus páginas, que había subrayado anteriormente.

–Lee y toma.

Hart se puso a leer el primer libro.

«La reducción de la diversidad sexual a dos sexos (uno masculino y agresivo y otro femenino y cohibido) será, para los estudiosos del futuro, solamente un mito; puesto que con numerosos ejemplos del reino animal y de culturas distintas de la occidental, se muestra que la naturaleza y las diferentes sociedades ofrecen soluciones sorprendentes a la sexualidad: peces con varios tipos diferentes de machos o cuyos componentes cambian de sexo en caso de necesidad; mamíferos que tienen a la vez órganos reproductores masculinos y femeninos, etc.

»En el caso de la biología humana, la existencia de homosexuales, transexuales y hermafroditas no es más una variación natural que se integra perfectamente en la diversidad mostrada por los demás animales. La expresión social de esta diversidad se encontraría en sociedades como la de los indios norteamericanos, con sus dos espíritus, los mahu polinésicos, los hijra indios o los eunucos, que identifica con personas transgénero.»

Luego tomó el otro a instancias de Blue:

«Así, las personas que generalmente tienen una orientación heterosexual pueden sentir deseos leves u ocasionales hacia personas del mismo sexo, del mismo modo que aquellos que generalmente tienen una orientación homosexual pueden sentir deseos leves u ocasionales hacia personas del sexo opuesto.

»Hay personas con orientación homosexual que, por las condiciones de intolerancia y violencia o de difícil acceso a otras personas del mismo sexo, mantienen relaciones heterosexuales. La represión, la homofobia y la postura de la mayor parte de las religiones obliga a los homosexuales a esconder su orientación fingiendo ante la sociedad tener una orientación heterosexual, lo que se denomina coloquialmente estar en el armario o en el clóset. Sin embargo, autores como el doctor Joseph Nicolosi refieren que, si muchos homosexuales ocultan su orientación sexual, no se debe tanto a la represión social, que no se niega como factor secundario, sino a que la homosexualidad en sí misma representa para el homosexual una condición de incompatibilidad tanto a las bases sociales establecidas como a su particular sistema de valores morales, es decir, que existe un conflicto entre lo que se es y lo que se debe ser según la educación familiar que se haya dado, así como a ciertos grados de desorden en la identidad sexual.

» […] Los homosexuales han sido perseguidos cruelmente a través de la Historia, entre los que destaca la Iglesia Católica, que fue constante a lo largo de la Edad Media, acusándolos de sodomía. Procesos de pena, como el ataque contra los Templarios, acusados de entregarse a prácticas homosexuales y heréticas, son todos sospechosos y promovidos por razones políticas. Sin embargo, en circunstancias normales los nobles y privilegiados rara vez eran acusados de esta clase de delitos, que recaían casi enteramente sobre personas poco importantes y de las que tenemos pocos datos.

»Durante los siglos V al XVIII, la tortura y la pena capital, generalmente en la hoguera, eran los suplicios a los que se condenaba en la mayor parte de Europa a los homosexuales. La Santa Inquisición de la Iglesia Católica no se diferencia mucho, en su persecución de la homosexualidad, de lo que era corriente en casi todas partes, y es culpable de la tortura y muerte de innumerables personas acusadas del denominado pecado nefando.

»Aún se conservan expresiones en el lenguaje (en idiomas diversos) que hacen referencia a la quema en la hoguera de los homosexuales: –Finocchio ('finoquio'), que en italiano significa 'maricón' y también 'hinojo' (porque se envolvía a la persona en hojas de hinojo para retardar su agonía entre las llamas); –faggot, que en inglés actual significa 'maricón' pero que en el pasado quería decir 'haz de leña' y se relaciona con la leña con que los homosexuales eran quemados vivos hasta morir por su pecado contra natura.

»Los nazi persiguieron también a los homosexuales, ya que consideraron la homosexualidad una inferioridad y un defecto genético, por lo que se aplicó un artículo de una ley del código penal alemán de 1871. Se trataba del párrafo 175, que decía: "Un acto sexual antinatural cometido entre personas de sexo masculino o de humanos con animales es punible con prisión. También se puede disponer la pérdida de sus derechos civiles."

»“El triangulo rosa invertido”, fue el símbolo impuesto por los nazis a los homosexuales en los campos de concentración, donde fueron asesinados unos 100,000 al finalizar la II Guerra Mundial.»

Hart tiró los libros al piso, sofocado.

–¿Entiendes a Rosa ahora? –le preguntó Blue, viéndolo dócilmente a los ojos.

–¡Qué estupidez! –gritó Hart dejando caer las muletas–. ¡Verborrea, teorías de gente retorcida!

–Esa gente que tú tanto menosprecias trae tras de sí miles de años de ciencia humana, Hart.

–¡Qué me importa la ciencia humana si el Obispo en su sermón de la mañana dice que «tu condición homosexual es antinatural ante los ojos de Dios. Sodoma y Gomorra fueron destruidas por esto». Mi conciencia clama pidiendo que me aleje de ustedes.

–Ya veo que la religión y la presión de la sociedad te ciegan, Hart; pero te pido que me contestes ahora con sinceridad, ¿vale?

Éste asintió de mala gana, previendo, en su interior, un ardid.

–Si un hombre, creado explícitamente por Dios para engendrar una familia, se negara a tener sexo con la mujer que le fue concebida, ¿juzgarías tú esta negación como una violación a la ley divina?

–¡Obviamente que sí! –exclamó Hart, convencido de decir una eterna verdad–. Rehúye un mandato sagrado e inviolable. El hombre fue hecho para ser marido de la mujer. Fuera de esto, no se cumple la Ley de Dios.

–No tengo más que decir –dijo Blue, serio, dando por terminada la conversación.

–Espera, ¿qué quisiste darme a entender con esa pregunta?

–Habla con tu Obispo; él te lo explicará mejor que yo.

Y salió del dormitorio. Yo estaba sentada, lagrimeando, en un mueble. Hart, pesadamente, se levantó y, con las muletas bajo el sobaco, se allegó a nosotros.

–No llores más, querida –me dijo Blue.

–He perdido un amigo –le contesté muy aturdida.

–Cálmate –me reconfortó–. Me tienes a mí. Ya pronto esto acabará.

–¿Acabar? –le grité en la cara, iracunda–. ¡Nunca acabará, Blue, nunca! He vivido arrastrando este lastre toda mi vida, y en lugar de aligerarlo, pesa cada vez más. ¡Estoy cansada, Blue, muy cansada! No creo que pueda resistirlo más.

–Lee –dijo, extendiéndome la carta.

La cogí. Leí:

 

«MEMORANDO

AGENCIA DE LA POLICIA INTERNACIONAL, INTERPOL

 

28 de enero de 1992, Oficinas de Nueva York, EUA

Dirigido a:

Blue Steward Perdomo (A 1988-45, CEL 16)

Rosa Duarte Reingold (A 1985-3, CEL 16):

Asunto: «OPERACIÓN BRAILA».

Se les manda a tomar parte de esta operación policial que se llevará a cabo en Bucarest, Rumania, bajo las órdenes de la Unidad de Investigación Criminal de la Gendarmería.

Se ampliaran detalles una vez llegados al país anfitrión. Se les pide partir de México en no menos de 72 horas.  

Contactos en EUA:

Interpol@service.govdelivery.com

En el extranjero:

–Viorel Maior, Comisionado de la Gendarmería Rumana.

–Anton Popescu, Agente de la UCICG

–Cecilia Baros, Agente de la UCICG.

–Oficina de la Gendarmería Rumana, Bucarest, 1112, Mihai Eminescu.

–LE: Gucicg@infobureau.gov  

Orden emitida,

y cúmplase:

Lyman O’Toole

SUBDIRECTOR».

 

 

Hart, que jamás había visto caras tan apesadumbradas, se compadeció.

–Rumania –dije llorando–. ¡Rumania! Nos expulsan malamente del país.

Blue asintió.

–¿Pero…? –titubeó Hart; parecía haber recapacitado y sentía como sus únicos verdaderos amigos se le iban para siempre–. Debe haber alguna equivocación… ¡Almeida!

–He ahí la obra de tu jefe –le señaló Blue–. Al parecer le incomodan los sujetos que hacen bien las cosas… Ya sabía yo que se las traía contra nosotros desde hacía muchos días… Pero… ¡Ah!, ya tengo la mente aclarada…Ja, ja… Quiso adjudicarse él solo la gloria…, ja, ja…, ¡pero la vida le ha jugado una mala pasada al otorgárnosla! Deja que coja el primer periódico del día y se dará cuenta de ello… Ja, ja… ¡Pobre Almeida! No llores más, Rosa…

–Blue… Rosa… –exclamaba sin hallar qué decir–: Esto es discriminación, la más burda de las discriminaciones. ¡Me escuchará, Blue, me escuchará el imbécil!

–Adiós, Hart –dijo Blue–. Siempre vivirás en nuestros corazones.

Captura de pantalla-14

Un episodio doloroso… que no me atrevo a seguir escribiendo… Si ha de haber injusticia en la Tierra, esta es una de ellas, atizada más que nada por la ignorancia, por la estupidez de los hombres, por la… No, no puedo seguir con esto… ¡y sin embargo, tampoco puedo resignarme! Ahora he aprendido que la vida está llena de sorpresas, de cosas increíbles que la mente jamás podría desentrañar en una sola mirada… ¡Rumania! Qué hermoso país, enigmático, ¡y nos ha recibido de una manera un tanto extraña, casi ilógica! Pero ahí viene mi Blue… Seguiré escribiendo más tarde… ¡Hay muchas cosas de las que quisiera hablar!

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El espanto de Bucarest - Capítulo II - Rosa & Blue
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